Capítulo XX. Donde los hombres se convierten en Dioses (Parte 1)

David llegó velozmente hasta la cúspide de la pirámide del Sol. En la cima estaba el calendario solar, un disco monolítico hecho de piedra rojiza, parado justo en medio de la plataforma, aún agrietado. El disco, de aproximadamente cuatro metros de diámetro, tenía diversos grabados multicolores. En su centro estaba tallado el rostro de un ser con la boca abierta, mostrando los dientes y la lengua; a su alrededor, otras figuras más pequeñas lo rodeaban como guardianes del tiempo.

El falso rey se plantó frente al disco, contemplando el trono de piedra que lo acompañaba, y esperó con paciencia la llegada de su oponente.

—¿Qué es lo que pretendes, David?… ¡Ríndete! —declaró Elías al llegar, bajándose del lomo de Lazhur.

David solo sonrió con ligereza. Algo tramaba, pero Elías no sabía exactamente qué.

—Muy pronto todo esto terminará —dijo con voz calmada— ¿Sabes lo afortunado que fui al ponerme este brazalete y entrar a este mundo? Gracias a él, obtuve un poder que jamás imaginé. Se borró aquel pasado lleno de miserias e injusticias. Ahora, la justicia soy yo. Todo en el imperio me pertenece. ¡Tú no vas a arrebatarme lo que logré durante tantos años! —advirtió con la mirada encendida.

—No entiendo en qué momento cambiaste tanto. Aún recuerdo la angustia de doña Eulalia al creerte muerto…

—¡Cállate! ¡No digas su nombre! —interrumpió furioso, aunque su rostro reflejaba una profunda melancolía— No menciones nada. Mi presente y futuro están aquí, donde soy rey. No allá, siendo un simple indio, un esclavo, dueño de nada.

—Allá tenías lo que jamás tendrás aquí: cariño, respeto verdadero. Nadie aquí te aprecia realmente. No perteneces a ellos, y lo sabes. ¿En verdad has olvidado a tu madre?

Pero David no respondió. Sus manos se encendieron con fuego, dispuesto a atacar, ignorando cada palabra.

—Es inútil seguir hablando contigo. En ti, todo está perdido. Hice una promesa a mis amigos… Tendré que matarte —sentenció Elías.

Justo cuando estaba por atacar con su poder, un fuerte golpe lo lanzó escaleras abajo, dejándolo aturdido. Iktan, montado sobre su bestia, le había golpeado con la cola.

—¡Con el enemigo siempre hay que estar atentos! —exclamó David con una sonrisa mientras se acercaba a la orilla para observar cómo su antiguo amigo luchaba por ponerse de pie. — ¿Sabes cuál es el verdadero significado de esta ciudad? No tienes idea, eres un recién llegado. Esta gran ciudad, en antaño, fue habitada por los Dioses. Por eso hay un gran poder que emana de ella. Hubo un tiempo en que los Dioses daban poder a ciertos guerreros y reyes excepcionales, justo aquí, en la cima de esta pirámide. Así se convertían en verdaderos Dioses ante los mortales. Por eso se le conoce como el lugar donde los hombres se convierten en Dioses. Con el tiempo, pasó a ser una leyenda… cuentos para niños, pero no están tan alejados de la verdad.

—¿Qué planeas esta vez? —exclamó Elías, preocupado.

—Planeo convertirme en un Dios —respondió David con total seguridad.

Aquello sorprendió tanto al joven como al propio Iktan.

—Dudo que tú seas un ser excepcional. Ningún Dios te daría ese poder —replicó Elías. David volvió a reír.

—Cuando era joven, los antiguos códices me revelaron algo extraordinario: cada cierto tiempo, cuando el sol es renovado, como ocurrirá hoy, un hombre común puede convertirse en Dios… siempre que posea algo sagrado, otorgado por los mismísimos Dioses, o que les perteneciera. Y creo que yo tengo eso. Además, hay alguien dispuesto a darme su poder —añadió, mirando su brazalete.

—¡Eso no puede ser! ¡Estás mintiendo! —exclamó Elías, desconcertado. Desconocía si aquello era posible, pero no podía permitir que se hiciera realidad.

El joven rey alzó la mirada: el sol estaba casi exactamente sobre sus cabezas. Quedaban apenas minutos…

—¡Eso no lo permitiré! —amenazó, y se lanzó corriendo hacia la cima, pero fue detenido por Iktan, que se abalanzó con la feroz bestia hacia él, dándole tiempo a su amo de acercarse nuevamente al centro donde estaba el disco de piedra.

Un poderoso rayo impactó en el pecho de la bestia, lanzando por los aires a Iktan, que cayó por uno de los costados de la pirámide. Sin perder tiempo, el muchacho dio un salto y, al caer frente a David, lanzó otro rayo, pero este fue contenido por su escudo. De repente, detrás de la piedra, hizo su aparición Solvit, que se había ocultado todo este tiempo, esperando el momento de atacar. De inmediato abrazó por la espalda al impostor y lo sujetó con todas sus fuerzas, aunque ya se encontraba casi sin aliento.

—Pero… ¿cómo has logrado sobrevivir? —exclamó el enemigo, sorprendido y enojado, al ver que no podía zafarse.

—¡Rey Alarii, termine con esto! ¡Mátalo ahora! No debemos permitir que se convierta en un Dios —gritó Solvit mientras luchaba para no soltarlo.

—¡Debí destruir tu cuerpo! ¡Suéltame! —rugía David, furioso y desesperado.

—Yo no te obedezco a ti. Mi lealtad es, y siempre ha estado, con el verdadero rey Dios. Y ese es justo el que tienes frente a ti —respondió el guerrero con firmeza.

Elías, confundido y sorprendido por lo que pasaba, no tuvo más remedio que tomar la posición para lanzar el rayo. Sabía que, con ello, tal vez mataría también a Solvit, pero ya solo faltaban segundos para que el sol se posara completamente sobre ellos.

—¡Solvit, amigo, puedes morir! —advirtió, consciente de la potencia letal del rayo proveniente de las nubes.

—No te preocupes por mí… ¡Hazlo! —respondió, decidido a morir.

—¡No sean tontos!… Elías, no sabes lo que tu ascenso como rey Dios provocaría… ¡No dejaré que estropeen mis planes! —aulló David con desesperación, forcejeando inútilmente. La determinación de Solvit era mucho mayor.

—No puedo hacerlo… —dijo en voz baja el joven rey, incapaz de arriesgar la vida de su amigo. Sabía que, si lo perdía, no se lo perdonaría nunca.

—Mi señor… no te preocupes por mí. Será un honor morir en manos del verdadero rey Dios… —pero justo en ese momento su voz se cortó abruptamente y un chorro de sangre brotó de su boca.

Los ojos de Elías se abrieron con horror al ver que habían atacado a Solvit por la espalda. Poco a poco, el guerrero fue soltando al enemigo, y hasta David pareció sorprendido. Quien lo había apuñalado por la espalda era Iktan, que le clavó la espada en el torso.

—¡Te dije que algún día me vengaría de ti! —gruñó Iktan, alzando a Solvit aún con la espada incrustada, y luego lo arrojó por un costado de la pirámide, haciéndolo rodar desde la cima.

Elías, paralizado y con lágrimas en los ojos, presenció todo sin poder hacer nada. Un hueco profundo sintió en su corazón, impotente sin poder hacer nada cayó de rodillas.

—¡Encárgate del impostor! —ordenó rápidamente David.

Entonces, el falso rey alzó su mano derecha, donde llevaba el brazalete, y la posó en el centro del calendario solar. Justo en ese momento, el sol se posicionó completamente sobre ellos, comenzando a tornarse oscuro. Un rayo de luz descendió desde lo alto, envolviéndolo por completo… haciéndolo desaparecer.

Todos los guerreros que aún combatían en la ciudad quedaron mirando aquel destello. Era hermoso, hipnotizante.

—¡Nuestro amigo necesitará ayuda! —exclamó Yarátu, que ya se encontraba en la base de la pirámide del Sol junto con Béelia, gracias a la ayuda del puma.

Rápidamente comenzaron a subir las escalinatas que parecían eternas. Mientras tanto, Elías, aún abrumado por la pérdida de Solvit, volvió en sí, pero fue atacado violentamente por Iktan con la misma espada. Lucharon por unos segundos, pero algo le ocurría al joven: sus fuerzas flaqueaban, apenas podía sostenerse.

Viéndose con ventaja, el guerrero lanzó la espada directamente a su pecho. Pero, de un salto, Yarátu se interpuso entre ambos, deteniéndola con su escudo. Aun así, la espada logró atravesarlo un poco en el centro del pecho.

—¡Antes de matarlo, tendrás que matarme a mí! —gritó el líder de la resistencia, y se lanzó al ataque contra Iktan.

—Hermano, ¿estás bien? —preguntó Béelia al verlo herido.

—Hermana, ayuda a Solvit. Cayó gravemente herido por el costado de la pirámide. Yo debo detener a David. Si no, será demasiado tarde.

De pronto, el rayo de luz donde había desaparecido el enemigo comenzó a disminuir su energía. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia el destello… y desapareció dentro de él.

Dentro del halo de luz, logró tomar a David del brazo. Ambos comenzaron a forcejear, y por instinto, el joven tocó el brazalete. En ese instante, este brilló con más intensidad, y el rayo de luz se tornó aún más brillante y poderoso.

—¡Iktan, eres un traidor! ¡Tu lealtad es con tu pueblo, no con el impostor! Tú sabes que él no es el verdadero rey Dios —gritó Yarátu mientras luchaban.

—¡No lo es, pero pronto lo será! —respondió Iktan, desequilibrado y fuera de sí. —Ese joven al que llamas rey no podrá salvarlos.

Fue entonces cuando Yarátu comprendió todo… y descubrió el verdadero plan de David.

—¡¡Eso no puede ocurrir!! —exclamó con horror

—¡Ahora todos ustedes morirán! —aseguró el enemigo. Entonces, de sus manos surgió fuego que lanzó con todas sus fuerzas sobre Yarátu, quien apenas logró detenerlo con su escudo. Sin embargo, el poder que emanó del desquiciado enemigo fue tan fuerte que lo alzó por los aires, haciéndolo rodar escalinatas abajo.

Lo que ocurría dentro de aquella luz parecía haberle otorgado nuevos poderes al enemigo. Sin pensarlo, Iktan dio un salto y cayó frente al guerrero que apenas lograba incorporarse. Le propinó un golpe en el estómago que lo hizo caer una vez más. Era evidente que Iktan tenía ahora más fuerza que antes.

—¿Sorprendido? —dijo con tono irónico— Este nuevo poder se lo debo a mi señor —aseguró, mientras observaba cómo sus manos comenzaban a arder en fuego.

Mientras tanto, en la cima de la pirámide, el halo de luz comenzó a intensificarse aún más.

El joven rey se perdió entre aquella luz. Pasó de estar en una claridad absoluta a una oscuridad total. Trató de tener los ojos bien abiertos y alertas para intentar ver algo, pero solo se encontró rodeado de lo que parecía ser el vacío. Esta oscuridad era abrumadora, se sentía como estar flotando en un vacío profundo. Quiso hablar, pero se contuvo, no sabía realmente donde se hallaba. Pensó por un instante que había muerto. De repente, el vacío enorme

comenzó a llenarse poco a poco de miles, millones de pequeñas luces. De diminutos destellos de luz parecidas a las estrellas.

De pronto, un sinfín de colibríes hermosos lo rodearon, emitiendo una luz cálida. Tras un instante, estas aves se alejaron y se convirtieron en más estrellas que llenaron el espacio, ocupando por completo aquel inmenso vacío. El muchacho pudo observar muchos soles ardiendo a lo lejos, poderosos e inmensos. Constelaciones y galaxias multicolores surgían a su alrededor, brindando una sensación de paz, pero también de asombro y pequeñez ante la magnitud del universo.

Una de esas estrellas, la más cercana, brilló con gran intensidad, obligándolo a cubrirse el rostro con las manos para no quedar cegado. De inmediato, todo volvió a oscurecer, aunque no con la misma intensidad de antes. Una voz estruendosa se escuchó en todo el lugar, haciendo eco y retumbando en su interior una y otra vez.

—Al fin nos reunimos, hijo de Mixtli.

—¿Quién eres? —preguntó tímidamente.

De entre la oscuridad surgió el rostro de una serpiente multicolor, rodeada de un plumaje aún más majestuoso. Era intimidante. Poseía unos ojos tan rojos como el mismo fuego, y unos colmillos tan grandes que igualaban casi el tamaño del cuerpo del joven. Era la misma figura representada en las cabezas de piedra que decoraban templos y Teōcallis de Aztlán.