El monasterio de San Adrián reposaba bajo las estrellas en medio del bosque; los árboles susurraban secretos a los locos que se hallaban despiertos en sus celdas; algunos respondían, otros fingían que no escuchaban. El profundo tronar de la campana los hizo callar. En el claustro, largas sombras se arrastraban por las paredes, seguidas por una fila de monjes que avanzaba en silenciosa procesión. Cerrando la marcha iba Esteban con una vela en alto; cada pocos pasos se giraba para ver cómo las tinieblas se tragaban la galería tras él. A su derecha, se extendía el jardín interno, habitado por retorcidas formas que siempre llegaban con la luna.
Los cantos se elevaban con el incienso entre las columnas de la capilla. Esteban esforzaba su garganta; le picaba por el humo, pero sabía que el propósito de los maitines era espantar a los demonios que rondaban al amparo de la noche, así que no se detuvo y su voz reverberó con el coro ante la gloria de Cristo, que los vigilaba desde la cruz. Cuando los cantos cesaron, una voz continuó vibrando en la lejanía, más allá de la capilla y de la oscura galería. Venía del calabozo.
Los monjes se miraron. Esteban se quedó quieto y bajó la vista, pero sintió ojos sobre él.
—Hijo mío, ocúpate de esa pobre alma —dijo el prior.
—¿A-Ahora? —tartamudeó Esteban.
El prior se limitó a levantar una ceja. Esteban tomó su vela y se puso en marcha. Abrió la puerta y otro grito estremeció la penumbra. Después de una profunda inspiración, el monje avanzó con lentitud. Quería dar tiempo a que apareciera algún guardia. Nunca le gustaron, parecían acechar tras cada esquina; un solo grito bastaba para que cayeran sobre los pacientes con sus garrotes, mientras que él y sus hermanos se ocupaban de encarrilar sus almas.
Cuando llegó a la entrada del sótano, los gritos se habían convertido en sollozos. Bajó con la espalda contra la pared y la vela en alto; los peldaños en caracol giraban hundiéndose en la tierra. El llanto se atenuaba. Ahora no era más que un susurro que se arrastraba desde las profundidades.
—Vuelve a tu agujero, te destierro, te destierro— decía la voz.
Unos escalones más y Esteban vio la apertura en la piedra. Cruzó el umbral. La tierra batida y la paja crujieron bajo sus sandalias mientras avanzaba a la luz de la vela, que apenas iluminaba las puertas a cada lado del pasillo, haciéndolas vibrar con temblorosas sombras. El llanto venía de la celda nueve, al fondo.
Esteban tuvo que manipular la llave con las dos manos, pues se negaba a entrar en la cerradura. Después de un sonoro chasquido, la puerta giró con lentitud.
—Por todos los Santos, ¡pero qué has hecho, desdichado! —exclamó, horrorizado.
La claustrofóbica celda era un hueco de oscuridad que apestaba a sudor y orines. La luna se filtraba entre los barrotes y dibujaba un rectángulo de plata en el suelo encharcado. Una mancha oscura crecía en una esquina. Y en la otra, estaba Pedro, mirando con la cara desencajada de miedo a Esteban y luego al trozo de cántaro roto manchado de carmín que sostenía en la mano.
—Yo no quise hacerlo, padre —gimió—. Él tenía la perdición en las entrañas… Yo lo salvé. ¡Estoy haciendo la voluntad de Dios!
Esteban se apartó y dejó entrar a los guardias. Rezó mientras el eco de los golpes resonaba por el pasillo de piedra.
Esa mañana enterraron a Juan en el pequeño cementerio que había detrás del monasterio. El prior se retiró apenas terminó los ritos obligatorios y dejó a Esteban con un par de guardias, que llenaban el foso con evidente fastidio.
—Me dijeron que viste lo que pasó —susurró uno.
—Sí, tenía el pecho abierto. Fue Pedro. El padre Esteban lo encontró escarbando entre sus entrañas. Luego Cristóbal y yo lo molimos a palos como la bestia que es.
Esteban apretaba el rosario en el puño mientras los hombres cuchicheaban.
—¡Basta! —gritó antes de darse cuenta—. ¡Están al servicio de Dios! ¡Muestren respeto!
—Perdón, padre —mascullaron ellos.
Esteban se retiró, acelerando el paso para no escuchar las risitas a su espalda. Se dirigió a la capilla. El olor a piedra y a incienso lo calmó. Respiró hondo y se arrodilló frente a la cruz.
—Perdóname, señor —rezó—. He pecado de ira.
—Tienes razón, hijo mío —susurró algo desde arriba.
Esteban se paralizó, sin atreverse a mirar, ni respirar. La voz sonó ahora clara y profunda.
—Esos malnacidos merecen morir.
Pegado a la cúpula, detrás de la Cruz, había un hombre. Su cuerpo era de carbón, con largos dedos que se hundían en la piedra; sus ojos de azabache devolvían el brillo del candelabro. Sin poder respirar, Esteban levantó el crucifijo. El demonio sonrió ante la pequeña figura de madera, y tras el parpadeo de una vela moribunda, desapareció.
Aun atolondrado, Esteban se encaminó hacia el locutorio para ocuparse de los internos. Escuchó sus balbuceos incoherentes y les dedicó plegarias que recibieron con ojos distraídos y bocas babeantes. De vez en cuando miraba por la ventana con creciente pavor. La luz se tornaba rosa. Era hora de darles de comer a los habitantes del calabozo.
Esteban abrió la puerta de la celda. Acurrucado en una esquina estaba Pedro, cubierto de cardenales. No miró el mendrugo de pan que se le ofrecía.
—No tengo hambre. Quiero estar ligero cuando me vaya.
—No saldrás de aquí, Pedro. Come, o llamaré a los guardias.
—¡Que vengan! ¡Que sus garrotes decoren mi piel con rojos besos! El dolor es dulce cuando tiene un propósito.
—Has matado a un…
—¡He liberado a un hombre! ¡Estaba corrupto! ¿Acaso no lo escuchas?
—¡Estás en la casa de Dios! ¿Cómo te atreves?
Pedro bajó la voz y adoptó un tono de complicidad.
—Hermano, sé que tú también lo ves. La oscuridad que llega con el crepúsculo no es de este mundo. Es densa… Viva. Camina por los pasillos. Se pega en los techos de las capillas detrás de nuestro Señor.
De repente, la celda parecía girar.
—¿Qué has dicho?
—¡Somos hermanos en esta batalla! —Los ojos de Pedro brillaban dentro de sus profundas cuencas—. ¡Busca el sonido de la uña, hermano! ¡Una uña que rasca!
Esteban cerró la puerta y se alejó. Todavía podía oír el eco de Pedro desde el pasillo: ¡Una uña que rasca!
En los días que siguieron, el monje se volcó por completo en la oración y el trabajo para olvidar aquellas blasfemias. El sol vagaba por cielos cada vez más grises, trayendo noches de larga vigilia. La piadosa imagen de la virgen se convertía lentamente en fría piedra y las plegarias no eran más que palabras.
Una luz cenicienta se colaba por las pequeñas ventanas del locutorio, donde se reunían los internos bajo la mirada de un santo que ya nadie reconocía. Su rostro negro de moho, su báculo roto. La voz cansada de Esteban se alzaba por encima de incoherentes murmullos.
—Y alzó su voz al cielo y dijo “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. ¿Recibiremos de…
Un sonido hizo a Esteban estremecerse. Provenía del fondo de la habitación, lejos de la lumbre. Uña contra piel, rítmico e insistente. Tomó una vela y avanzó con cautela. Los internos comenzaron a balbucear tras él. Aquel sonido le provocó al monje escozor en la nuca. La temblorosa llama reveló unos pies sucios, seguidos de un cuerpo pálido, cubierto de costras. Aquel ser escarbaba con abandono su cabeza, calva y llena de llagas.
—Detente… —ordenó Esteban. La comezón era más fuerte.
La mujer se giró.
—Me pica. ¡Ayúdeme, padre! ¡Ayúdeme! —carraspeó, extendiendo una mano de uñas rojas.
—¡Alto! ¡Guardias! ¡Guardias!
Los guardias aparecieron enseguida y se llevaron a rastras a la mujer entre gritos y patadas. Esteban volvió a su lugar. Los locos ahora lo esperaban en silencio. Continuó el sermón, las palabras se arrastraron inquietas.
—“¿Recibiremos de Dios el bien, y no recibiremos también el mal?” Y callaron los cielos, y no hubo respuesta…
Esa noche, acompañado por una solitaria llama, Esteban rezaba frente al altar de la Virgen, que lo miraba indiferente desde arriba. Tenía las piernas entumecidas y la espalda le dolía, pero siguió arrodillado. Había repetido el Ave María tantas veces que las palabras brotaban solas. Los párpados le pesaban. Bostezó, pero la oración no se detuvo. Esteban escuchó atónito cómo su voz reverberaba entre los muros en una eterna letanía. Se encogió en un rincón hasta que el ultimo eco murió.
En el silencio, pudo distinguir el sonido de pezuñas golpeando la piedra. Venían de afuera y caminaban en dos patas. Se acercaban por el pasillo. Esteban se puso de pie y recitó un salmo de protección.
—Dios todopoderoso…
Las palabras comenzaron a rebotar de nuevo contra los muros. Los pasos resonaron.
—Luz en la oscuridad…
Un rancio vaho llenó el pasillo y Esteban pudo distinguir dos cascos bajo la puerta, envueltos en negro pelaje. La madera crujió bajo afiladas garras.
—Mira a tu siervo en la tribulación…
Desde la puerta brotó una sombra que reptó por suelos y muros hacia Esteban. Los crujidos se convirtieron en golpes que retumbaban dentro de su cabeza. Retrocedió hasta el altar, derribándolo. Una lámpara de aceite estalló contra el suelo en un reguero de fuego. La sombra se retiró, dejando solo el rechinar del silencio y un olor a huevos podridos.
Los anillos del prior lanzaban destellos dorados a través de la rejilla del confesionario. Esteban se removía nervioso sobre el banquillo.
—Padre… Anoche he visto algo —susurró.
—¿Qué viste, hijo? ¿Tuviste un mal sueño?
—No. Estaba despierto. Rezaba, y el diablo me atacó. Era una sombra.
—Visiones. El fruto de una mente ociosa. Te he visto deambular por los pasillos. Temeroso, siempre con una vela —dijo el prior mientras se rascaba el brazo—. La llama ilumina, pero también deforma las sombras… Y la percepción.
—Sé lo que vi…
—Espero que no estés insinuando que el diablo se pasea a sus anchas por la casa de Dios, Esteban.
—No, padre.
—Trabajarás en el huerto con el hermano Bartolomeo. —El prior se rascaba el mentón bajo la barba—. El sudor limpiará el miedo que te nubla el ceño. Si no, ya se verá.
Esteban salió de la capilla con la mandíbula trabada; el aire se negaba a llenar su pecho. El huerto quedaba por la galería este, pero él se dirigió al oeste, hacia los calabozos. Bajó las escaleras de caracol, girando hacia la penumbra. Las llaves tintinearon. La puerta chirrió. Pedro esperaba de pie. El sol se colaba por la ventanita, creando un halo sobre su enmarañada cabeza.
—Lo has visto —se limitó a decir.
Esteban asintió.
—Era una sombra que me rodeaba. Recé, pero…
—Ya te lo dije, hermano, estas piedras están malditas. Las oraciones no pueden salir. Estamos solos.
—Creo que le teme al fuego.
Una sonrisa se extendió por el arrugado rostro de Pedro.
—Oh, candela divina que custodias el trono dorado… ¡Una oportunidad! —exclamó, para luego susurrar de nuevo—. Ya sabes lo que hay que hacer, hermano.
—¡No puedo hacer eso! —siseó Esteban.
Fue a cerrar la puerta, pero Pedro se abalanzó sobre él. Cayeron sobre la paja y Esteban sintió la mano sobre la boca, el hedor sofocante de un cuerpo abandonado. A contraluz, Pedro solo era una sombra.
—Shhh… escucha.
Esteban se quedó quieto. Escuchó las dos respiraciones. El goteo sobre la piedra. Y ahí estaba, tenue pero inconfundible: uñas rascando la puerta de una celda. Luego vino el picor en la nuca, y el escozor se extendió por el pasillo, pronto las doce puertas se sacudían con furia. Uñas y astillas rompiéndose en un coro de alaridos.
—¡Está aquí! —gimió Pedro.
—Dios bendito…
—¡Que suenen las trompetas y llueva fuego! —Pedro se levantó y tiró de Esteban con sorprendente fuerza, poniéndolo de pie—. Marcha sin miedo, hermano. ¡Que pronto nos alzaremos hacia los cielos en alas de ceniza y humo!
Esteban corrió escalera arriba. Tres guardias ya bajaban, atraídos por el ruido.
—¿Qué son esos gritos, padre?
—El demonio. Está aquí. ¡Busquen antorchas! ¡Busquen fuego, insensatos!
Esteban soltó la camisa del hombre, que lo miraba confundido, y los dejó allí. El cielo ardía cuando salió al claustro. En el jardín las sombras se agazapaban bajo los arbustos, extendiéndose lentamente con dedos inquietos mientras el monje se abría paso hacia la bodega. Cuando llegó, ya había alguien dentro: el hermano José se giró sobresaltado al escuchar la puerta. Tenía una taza entre las manos y las mejillas coloradas.
—¡Hermano! Creía…
—Ahórratelo. No hay tiempo.
—¿De qué…?
—¿Es que no lo oyes? —gritó Esteban extendiendo los brazos. Las uñas raspaban tras las paredes y el suelo, profundo, bajo la tierra misma.
José no miró las paredes, ni el suelo, que vibraba bajo sus pies. Se limitó a ofrecerle la taza.
—Bebe, hermano… —sonrió—. Esto calmará tu corazón.
Esteban miró el líquido oscuro. La mano. Tenía las uñas largas. Negras. Era una garra que ofrecía veneno. Apartó la taza de un manotazo y saltó sobre aquel demonio que lo tentaba. Se estrellaron entre los barriles. Esteban se congeló con el puño en alto. Bajo él yacía su hermano. Buscó el perdón en sus ojos, pero se encontró con una tormenta de golpes y arañazos, aferró la garganta y apretó hasta que la piel se tornó morada y los ojos rojos. Las paredes crujían, ahogando el llanto del monje.
De la boca de lo que era su hermano, surgió un líquido negro y borboteante. Esteban volvió en sí. Tomó la antorcha del muro y la acercó al charco que se extendía bajo el cadáver; las llamas saltaron enseguida, envolviéndolo.
Sin perder tiempo, cargó dos barriles de vino en una carretilla y corrió por la galería, antorcha en mano. Las sombras se apartaban a su paso, los barriles chorreaban, dejando una senda de fuego. Los gritos comenzaron a llegar: ¡Fuego! ¡Deténganlo! Pero Esteban no se detuvo. Bañó de ardiente vino el claustro, embistiendo a quien se interpusiera. El rascar remitía. Las sombras se volvían humo y todo resplandecía con luces de sangre y oro. De repente, sintió un golpe en la rodilla y cayó. La carretilla se volcó. Los barriles continuaron hasta la capilla, hasta el altar, donde estallaron con un furioso rugido. Esteban reía mientras los garrotes llovían sobre él.
La claustrofóbica celda era un hueco de oscuridad que apestaba a sudor y a sangre. La luna se filtraba entre los barrotes y dibujaba un rectángulo de plata en el suelo encharcado. Esteban sollozaba en una esquina. El fuego se había apagado. Solo quedaban las uñas, escarbando bajo la roja carne dentro de su pecho; rascando sus costillas desde adentro con cada inspiración. Esteban gritó entre dolorosos estertores. A su lado estaba Pedro. Sus ojos brillaban como ardientes luceros.
—No te preocupes, hermano. Te ayudaré —susurró, y recogió un trozo de cántaro.


