Al entrar, el aire de la habitación se sintió pesado, como si alguien hubiera estado consumiendo el oxígeno durante horas. Lo vi ahí. El pelinegro estaba tendido sobre mi cama, ocupando el espacio con una naturalidad que rayaba en la invasión.
Parecía profundamente dormido. Me llevé una mano al pecho por el susto inicial, pero al verlo tan pacífico, decidí no despertarlo. Había algo extraño en verlo así; su rostro, despojado de esa máscara de frialdad y sarcasmo que siempre cargaba, era bello de una forma inquietante, casi como la estatua de un ángel caído en algún cementerio olvidado. La paz con la que respiraba se sentía ajena a este lugar, una tregua temporal en medio de la tormenta que parecía seguirlo a todas partes.
Dejé mi mochila sobre la silla del escritorio con cuidado de no hacer ruido. Me acerqué un poco más, hipnotizada por esa quietud. Mi mano actuó por instinto, sin que mi cerebro le diera permiso. Estaba a punto de apartar un mechón de cabello oscuro que le caía sobre la frente cuando, de repente, la paz se quebró.
Despertó con una reacción inhumana, una especie de reflejo violento que no pertenece a alguien que simplemente duerme. Con una velocidad que mis ojos apenas pudieron seguir, atrapó mi muñeca y dobló mi mano hacia un lado, inmovilizándome. Su expresión era aterradora: una mezcla de enojo primario y furia contenida. Estaba a punto de atacarme, sus músculos tensos como cuerdas a punto de romperse, hasta que sus ojos se enfocaron y reconoció quién era yo. Soltó mi mano con brusquedad, apartándome de un empujón mientras soltaba un suspiro cargado de frustración. Me miró con un odio gélido.
—Eres una tonta, Sabina. Pude haberte matado —espetó, levantándose de la cama con movimientos eléctricos.
—Así de puerca tendrás la conciencia para reaccionar así —le respondí, frotándome la muñeca. Había algo extrañamente satisfactorio en verlo molesto; era como pelear con un hermano mayor cuya rabia siempre está a punto de desbordarse.
—Cállate —gruñó él, poniéndose los zapatos con una brusquedad que castigaba el cuero—. ¿En dónde están las niñas?
—Se quedaron a terminar sus proyectos en el aula. ¿Por qué tanta urgencia?
—Debemos salir. Es viernes y tenemos hasta el martes de margen. El lunes las clases se suspendieron en todo el sector de Ciencias —dijo sin mirarme.
—¿Se suspendieron? ¿Por qué?
—¿A qué carajo vas a clases, Reid? ¿Acaso no lees los boletines de seguridad? —me lanzó una mirada de desprecio, pero yo no me amedrenté.
—¿Y tú qué haces aquí, por cierto? —Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal, usando esa misma táctica de intimidación que él solía aplicar con nosotras—. No deberías estar en el campus hoy. Y mucho menos en mi habitación.
Collins metió la mano en su bolsillo y sacó un manojo de llaves, agitándolas frente a mi cara con una sonrisa burlona que no llegó a sus ojos.
—Saqué una copia de tu llave. Y tu habitación es mucho más cómoda; no está tan atestada de basura como las de las otras dos —se acercó a mí, acortando la distancia hasta que pude sentir el frío que emanaba de su ropa. Estábamos demasiado cerca, en un duelo de voluntades que hacía que el aire vibrara
Justo en ese momento, cuando la tensión era casi eléctrica y el espacio entre nosotros se reducía a nada, la puerta se abrió de golpe. No fue Dalia. No fue Tasha.
Era el otro Collins.
Me quedé helada. El peliblanco estaba parado en el umbral, pero ya no era el chico de ojos tristes y melancólicos que me había citado en la cafetería. Su mirada ahora era fría, penetrante y cargada de una autoridad que me hizo retroceder mentalmente. No había ni rastro de la vulnerabilidad de hace unos minutos en el pasillo.
—¡Sabina! ¡Ven ahora! —Su tono era una orden, seca y cortante.
—¿Disculpa? —Todo se volvió surrealista. Entonces vi que en su mano sostenía mi libro de experimentos; seguramente lo había olvidado en el laboratorio durante mi última práctica.
Antes de que pudiera dar un paso hacia él, sentí una presión dolorosa en mi brazo. El pelinegro me había sujetado con una fuerza posesiva, tirando de mí hacia atrás, pegándome a su cuerpo como si intentara protegerme de una amenaza mortal.
—Collins, me lastimas —gemí, tratando de soltarme de su agarre, pero él ni siquiera me miró. Su atención estaba clavada en el chico de la puerta.
—Sueltela, señor —dijo el peliblanco.
La palabra “señor” salió de su boca impregnada de un veneno sutil, una ironía que me revolvió el estómago. Se conocían. No era una suposición, era una certeza que flotaba en el aire como el humo. La tensión entre ambos era sumamente palpable, una fuerza invisible que perforaba mis sentidos y me hacía sentir que estaba atrapada en medio de una guerra antigua. Sus miradas se cruzaban como hojas de acero, y yo, en medio de los dos hombres que compartían nombre y secretos


