La primera semana en Kladish se deslizó sobre nosotras como una sombra lenta y pesada. Los cursos iniciales nos mantuvieron sumergidas en una rutina agotadora que apenas nos dejaba tiempo para procesar el caos de nuestra llegada. Dalia se hundió en las Ciencias Matemáticas, rodeada de fórmulas que, según ella, eran lo único lógico en este lugar. Tasha, por su parte, se movía entre microscopios en Ciencias Biológicas, intentando ignorar que el aire del laboratorio olía más a formol que a aprendizaje. Yo me encontraba en el ala de Ciencias Experimentales, tratando de descifrar por qué cada pasillo de este campus parecía haber sido diseñado para ocultar algo.
Durante esos siete días, el Collins pelinegro se convirtió en una presencia constante. A pesar de nuestra desconfianza inicial y del impacto de su verdadera edad, su persistencia empezó a erosionar nuestras defensas. Se movía por el campus con una autoridad silenciosa, visitándonos en los descansos y apareciendo en la puerta de nuestros dormitorios con comida o información sobre las clases. Poco a poco, su papel cambió. Se había ganado a Dalia con conversaciones largas sobre la seguridad del campus y, con ella, terminó ganándonos a todas. Había pasado de ser un extraño peligroso a una especie de hermano mayor, un protector necesario en un lugar que se sentía cada vez más hostil. Sin embargo, cada vez que él sonreía, yo no podía evitar recordar sus palabras sobre los “monstruos inhumanos”. Su amabilidad se sentía como un escudo, pero no sabía si nos estaba protegiendo del mundo exterior o de él mismo.
Al finalizar la última sesión del viernes, el cansancio era una presencia física en mis hombros. Dalia y Tasha se habían quedado en sus respectivas aulas para terminar unos proyectos de laboratorio, así que decidí regresar sola al dormitorio. El pasillo estaba inusualmente vacío; la luz mortecina de las lámparas de pared creaba charcos de sombra que parecían vibrar.
—¡Sabina!
La voz era masculina, grave y cargada de una urgencia que me hizo detenerme en seco. Al voltear, lo vi al final del pasillo. Era el peliblanco. Sus ojos color miel brillaban bajo la luz artificial, pero su mirada estaba apagada, teñida por esa melancolía que me había perturbado la primera vez que lo vi.
—Hey, hola —me acerqué a él, forzando una sonrisa tímida mientras intentaba que mis pasos no resonaran demasiado en el silencio del corredor.
—Perdón por lo del otro día —dijo en cuanto estuve a su alcance. Su voz sonaba desanimada, casi rota, como si estuviera pidiendo perdón por un crimen atroz que aún no había cometido—. No sé qué me ocurrió. Es solo que… no podía quedarme allí.
Su disculpa no me tranquilizó; al contrario, aumentó la sensación de que algo estaba terriblemente mal.
—Oh, ¿acaso conoces a Tasha? ¿O a Collins? —pregunté, refiriéndome al pelinegro. En cuanto terminé la frase, me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo. Un escalofrío me recorrió la nuca cuando vi que su expresión cambiaba. No fue una sonrisa lo que asomó a sus labios, sino una mueca de burla fría, casi de lástima por mi ignorancia.
—Bueno, soy nuevo en Kladish, así que no —respondió con una sequedad que cortaba.
Empezamos a caminar juntos hacia mi habitación. El silencio entre nosotros era asfixiante, interrumpido solo por el roce de nuestras ropas. Noté que su ceño se fruncía cada vez más a medida que avanzábamos. Empezó a emitir susurros molestos, refunfuñando por lo bajo palabras que no lograba entender, como si estuviera manteniendo una discusión violenta con alguien que solo él podía ver.
—¿Todo bien? —pregunté, alarmada.
Extendí mi mano, casi a punto de tocar su hombro para intentar anclarlo a la realidad, pero me detuve en seco. El chico se alteró visiblemente. Sus músculos se tensaron y empezó a mirar hacia atrás, por encima de su hombro, con un nerviosismo eléctrico. Parecía un animal acorralado que sabe que el depredador está a la vuelta de la esquina. El aire a su alrededor se sentía cargado de una angustia que me hizo retroceder.
—Sí, es solo que… —Se detuvo de golpe antes de que llegáramos a la puerta de mi habitación. Me miró fijamente, y por un segundo, la tristeza en sus ojos fue reemplazada por una advertencia desesperada—. Sabina, escúchame bien. Te veo el sábado en la cafetería Rosell, a las diez de la mañana. Tienes que ir.
Antes de que pudiera articular una sola pregunta, antes de que pudiera preguntarle por qué compartía el nombre con el hombre que dormía en un hotel cercano, se dio la vuelta. Se fue sin decir nada más, caminando de forma imponente hacia el lado contrario del pasillo. Su retirada no fue una huida cobarde, sino un alejamiento forzado, como si algo lo estuviera obligando a marcharse antes de ser descubierto. Me quedé allí, parada en medio del pasillo, viendo cómo su silueta se perdía en la oscuridad del fondo.
No sabía por qué, pero la cita se quedó grabada en mi mente con la fuerza de una sentencia. Traté de calmar los latidos de mi corazón y busqué las llaves en mi bolsillo. No le diría nada a las chicas todavía; necesitaba entender primero qué papel jugaba este chico en el tablero de Kladish. Decidí dejarlo pasar por el momento y me concentré en entrar a mi habitación para descansar.
Metí la llave en la cerradura, la giré con un clic que resonó en el pasillo vacío y
empujé la puerta. Al entrar…


