Tasha se levantó de la cama con un movimiento ágil, casi eléctrico, y caminó hacia la puerta. Yo quise detenerla, quise decirle que el aire en el pasillo se sentía demasiado pesado, pero no me salió la voz. Al abrir, Collins estaba allí. No estaba tocando, simplemente esperaba, como si supiera que la puerta se abriría por pura inercia. Entró sin pedir permiso, con una familiaridad que me revolvió el estómago. Se movía por mi habitación con una tranquilidad que resultaba insultante, ignorando que hace menos de veinticuatro horas era un completo extraño que recogimos en una carretera maldita en mitad de la madrugada. Su presencia reclamaba el espacio, lo asfixiaba.

-¡Maldito pervertido! -El grito de Dalia rasgó el silencio.

Sin dudarlo, agarró la almohada más pesada y se la lanzó con una violencia ciega. El impacto le dio de lleno en la cara, obligándolo a retroceder y a trastabillar contra el marco de la puerta. Collins soltó un gruñido ahogado, recuperando el equilibrio mientras nos miraba con esos ojos negros que parecían no tener fondo.

-¡DALIA! -gritamos Tasha y yo al unísono.

Tasha se apresuró a recoger las almohadas, avergonzada por la explosión de nuestra amiga, mientras yo señalaba el borde de mi cama.

Necesitaba que se sentara, necesitaba tenerlo bajo la luz para intentar descifrar qué demonios era lo que ocultaba bajo esa piel tan pálida.

-¿A qué ha venido ese golpe? -Collins se sobaba la frente con la muñeca. Su expresión era de un fastidio gélido, una irritación que no lograba ocultar la oscuridad que emanaba de sus poros.

-¿Tienes veintiocho años? ¿En serio? -Dalia estaba de pie, con los puños cerrados y el rostro encendido por una mezcla de rabia y miedo-. ¡¿Cuándo pensabas decirnos que nos doblas la edad, Collins?! ¡¿Qué clase de enfermo sigue a tres adolescentes hasta su dormitorio?!

-Nunca preguntaron -respondió él, dejándose caer en la cama. El colchón gimió bajo su peso y yo sentí un escalofrío al notar su cercanía-. La única que mostró un interés genuino fue Tasha. Además, se los mencioné mientras íbamos en el auto, aunque quizás estaban demasiado ocupadas asustándose por las sombras del camino.

-Entonces sabías perfectamente quiénes éramos. Tenías claro que tenemos diecisiete y dieciocho años. Somos diez años menores que tú -le espeté, sintiendo una punzada de dolor en el pecho. Me sentía estúpida, utilizada-. No dijiste nada. ¿No pensaste en las consecuencias? ¿En que esto es ilegal en cualquier lugar racional del mundo?

Collins soltó una risa seca, un sonido carente de humor que vibró en las paredes de piedra de la habitación. Era una burla directa a nuestra inocencia.

-Vamos, Sabina. En Kladish nadie, absolutamente nadie, se mete en los asuntos ajenos. Aquí la moral es un lujo que nadie puede permitirse. A nadie le importa si un hombre de veintiocho años acompaña a unas “adultas” de diecisiete y dieciocho. Aquí las leyes son distintas. Aquí el peligro no es la policía.

-¿Qué eres entonces? -Tasha lo amenazó con la almohada que acababa de recoger, sosteniéndola como si fuera un escudo-. ¿Un secuestrador? ¿Un ratero? ¿Un violador que busca víctimas fáciles?

Collins volvió a reír, pero esta vez la risa se transformó. Ya no era burla; era algo maniático, algo que recordaba a los psicópatas de las crónicas negras que solía leer. De pronto, su semblante se endureció. El aire en la habitación pareció congelarse. Se inclinó hacia nosotras, invadiendo nuestro espacio personal con una lentitud predatoria. Nos obligó a retroceder hasta que nuestras espaldas chocaron contra la cabecera de madera de la cama.

-¿En serio creen que eso es lo peor que hay? -Su voz bajó a un susurro cortante, una caricia venenosa-. Hay cosas mucho peores que un simple ratero o un asesino humano. Existen monstruos que no conocen la compasión porque no tienen alma. Y no me refiero a las fantasías infantiles de vampiros u hombres lobo. Hablo de monstruos inhumanos que jamás pertenecieron a este mundo, seres que se alimentan de la esencia misma del miedo.

Se acercó tanto que pude oler ese aroma neutro y químico que lo rodeaba. Sus ojos estaban fijos en los míos, ignorando a las demás.

-Esos monstruos no matan rápido. Disfrutan del dolor, de la degradación, de la tortura lenta que destruye la mente antes que el cuerpo. Esa es la diferencia entre la estupidez de un criminal humano y lo que verdaderamente acecha en las sombras de Kladish.

El silencio que siguió fue absoluto. Yo no podía respirar. Tragué saliva, sintiendo el peso de sus palabras como una sentencia de muerte. Dalia, movida por un arranque de pura adrenalina, le aventó otra almohada, rompiendo el contacto visual. Collins se apartó, soltando un suspiro largo, como si acabara de darnos una lección que no podíamos comprender.

-Pero no se preocupen, chicas -dijo, recuperando su tono frío-. Yo no soy uno de esos monstruos. No tengo el estómago para tanta crueldad… por ahora.

Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral, su silueta recortada contra el pasillo en penumbra.

-Nos vemos mañana. Buscaré un hotel en los alrededores. Descansen, si es que pueden.

Se fue sin mirar atrás. Nos dejó allí, temblando, con una duda sembrada en el centro de nuestra amistad y un miedo que se sentía como una presencia física en la habitación. Me quedé mirando la puerta cerrada, repitiendo sus palabras en mi mente. La forma en que habló de la tortura y el sufrimiento… no había sido una advertencia, había sido una descripción basada en la experiencia.

-Solo lo dijo para asustarnos, ¿verdad? -Tasha comenzó a recoger las almohadas, pero sus manos temblaban tanto que se le caían. Mientras mordía ligeramente su labio inferior.

-Nada de esto estaría pasando si no hubieras abierto esa maldita puerta en la carretera -Dalia se levantó y empujó a Tasha. El dolor y la tensión estaban buscando una salida, y la culpa era el blanco más fácil-. ¡Tú y tus ganas de ayudar a cualquiera!

-¿Y quién te crees que eres, Dalia? -Tasha estalló, devolviéndole el empujón-. ¡Sabina también estuvo de acuerdo! ¡Yo solo quería hacer lo correcto!

-¿Hacer lo correcto o buscabas en que cama meterte? -Dalia gritó, su voz quebrándose-. ¡Ahora tenemos a un psicópata de veintiocho años que sabe dónde dormimos! ¡No sabemos quién es ni qué quiere de nosotras!

Me levanté rápidamente, interponiéndome entre ellas. El dolor de verlas pelear era casi tan fuerte como el miedo a Collins.

-¡Basta ya! -las tomé de los hombros, obligándolas a mirarme-. Chicas, escúchenme.

Sé que esto es un infierno. El cambio de casa, el dejar todo lo que conocíamos, encontrarnos con este tipo… todo es un cambio muy grande. Estamos asustadas, yo también lo estoy. Pero no podemos hacer esto. No ahora. Si nos dividimos, estamos perdidas.

Las jalé hacia mí en un abrazo grupal. Sentí el calor de sus cuerpos y el ritmo acelerado de sus corazones.

-No debemos pelear por cosas que ya no podemos cambiar. Nos tenemos a nosotras. Es lo único real que hay en este lugar.

-Ay, Sabina… eres una idiota -Dalia hundió la cabeza en mi hombro y empezó a llorar en silencio-. Tengo tanto miedo. Miedo de que este lugar nos cambie, de que nos separemos… Extraño mi cama, extraño la luz de nuestra ciudad. Aquí todo parece muerto.

-Perdóname, Dalia -Tasha se aferró a nosotras, sollozando-. Sé que soy una zorra imprudente y tienes razón, busco solo atención de los chicos pero sé que así me amas- rie abrazando a Dalia- , sé que siempre meto la pata, pero las amo. No quiero estar sola.

Nos quedamos así durante mucho tiempo, unidas en medio de una habitación que se sentía como una celda de lujo. El amor que sentía por ellas era lo único que me impedía caer en el abismo de la desesperación. Decidimos que no nos separaríamos esa noche. Movimos los colchones para dormir todas juntas en mi cuarto, protegiéndonos con nuestra cercanía de las palabras de Collins.

Mientras intentaba conciliar el sueño, miré por la ventana hacia el bosque de Kladish. Pensé en el otro Collins, el peliblanco de ojos tristes, y en el desprecio del pelinegro. Pensé en los “monstruos inhumanos” que torturan lentamente. El misterio de este lugar no era solo la arquitectura o el aislamiento; era la sensación de que habíamos cruzado una frontera hacia un mundo donde el dolor era la única moneda de cambio, y donde nuestro pasado ya no servía de escudo. Dormí con inquietud toda la noche.