El pelinegro supo de inmediato que su excusa barata no había surtido efecto. Mi silencio y la forma en que lo observaba le dejaron claro que yo no era tan ingenua como él esperaba. Había algo en su lenguaje corporal, una vibración de pánico contenido en sus palabras, que gritaba que todo lo que salía de su boca era una construcción falsa.
—¡¿Qué pasa aquí?! —la voz de Dalia cortó la tensión como un cuchillo.
Llegó acompañada de Tasha; ambas venían riendo, pero Dalia, con su radar de peligro siempre encendido, notó que el ambiente estaba a punto de estallar. Me lanzó una mirada cómplice, cargada de una advertencia silenciosa, y nos jaló a Tasha y a mí hacia el interior de la habitación. Cerró la puerta de un golpe seco, dejando al pelinegro solo en el pasillo, fuera de nuestro refugio.
—¡Cuéntanos T-O-D-O, Sabina! —Tasha estaba extasiada, con los ojos brillando por una adrenalina que no parecía tener fin.
—¿Contarles qué? —las miré con una mezcla de duda y cansancio. Mi cabeza todavía estaba procesando el encuentro con el peliblanco.
—¡¿Cómo que qué?! ¡DEL CHICO! —gritó Tasha, casi saltando—. El peliblanco hermoso que estaba parado en tu puerta. ¡Por Dios, Sabina!
Tasha se mordió el labio inferior, perdida en una fantasía que yo no podía compartir del todo, porque para mí, ese chico no era solo un rostro bonito; era una incógnita peligrosa. Sin embargo, a mis amigas no podía ocultarles nada. Ellas eran mis confidentes, el único lugar seguro que me quedaba.
—Bueno… sí, era jodidamente guapo —admití, sintiendo cómo el recuerdo de sus facciones me golpeaba de nuevo—. Su cara, sus gestos… todo en él era impresionante, pero de una forma extraña. Era alto, como de un metro ochenta, con ese cabello platinado que parecía brillar con luz propia. Se nota que entrena, su físico es imponente… y sus ojos eran de un color miel que te dejaba helada.
Por un momento, la habitación se llenó de gritos ahogados y risas emocionadas. Éramos tres chicas jóvenes soñando despiertas, una imagen de normalidad que se sentía extrañamente fuera de lugar en Kladish. Pero mi emoción se evaporó tan rápido como había llegado.
—Aunque… —mi sonrisa se volvió nerviosa y forzada—, me dijo que se llama Collins.
—Eso no importa ahora —Tasha me tomó de los hombros, sacudiéndome ligeramente—. ¿Qué más pasó? ¿Qué te dijo?
Bajé la mirada. El rastro de la diversión desapareció por completo, reemplazado por un vacío en el estómago.
—Y ya. Eso fue todo.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que todo?! —Dalia se levantó de la cama con un resorte, su rostro transformándose en una máscara de incredulidad.
—Sí, absolutamente todo. En cuanto vio aparecer a Tasha y al otro Collins, se largó como si hubiera visto a un fantasma —me recosté en la cama, dejando caer mi cabeza sobre las piernas de Tasha, buscando algún tipo de consuelo físico—. Tasha… ¿tú no has salido con algún chico así antes? ¿Algún “Collins”?
Tasha arrugó el entrecejo, rascándose la cabeza con genuina confusión.
—Mmm, no. No recuerdo a ningún Collins. A menos que haya estado demasiado ebria como para borrarlo de mi memoria, ese nombre no me suena de nada.
—¿No será el hermano de nuestro Collins? —soltó Dalia. Tenía esa mirada característica de cuando una pieza del rompecabezas no encaja y su cerebro empieza a trabajar a mil por hora.
—No lo sé. El pelinegro reaccionó de una forma violenta cuando le pregunté. Me aseguró que sí, pero su tono… no le creí ni una palabra —me tapé la cara con la almohada, queriendo desaparecer—. Es demasiado extraño que haya dos personas con el mismo nombre y su forma de actuar al verse o escuchar del otro.
—Collins me dijo que no tenía familia —intervino Tasha, jugando con un mechón de su cabello, ajena a la gravedad de lo que decía.
Dalia se sentó con nosotras, su postura volviéndose rígida. La atmósfera de “pijamada” se esfumó por completo. Lo que antes era una coincidencia curiosa, ahora se sentía como una emboscada.
—Tasha, tú que has estado hablando más con él… ¿qué edad tiene? ¿Te lo ha dicho?
Tasha bajó la mirada. Sus dedos empezaron a moverse nerviosamente y soltó un suspiro largo, como si estuviera confesando algo que ella misma no terminaba de procesar.
—Bueno… Collins tiene… —hizo una pausa—. Tiene veintiocho años.
Dalia y yo nos quedamos paralizadas. El shock fue tan violento que el aire pareció abandonar la habitación. Veintiocho años. No solo nos doblaba casi la edad, sino que su presencia en el campus cobraba un matiz mucho más oscuro. ¿Qué hacía un hombre de casi treinta años fingiendo ser un estudiante, acompañando a tres chicas de diecisiete años?
—¡¿QUÉ?! —gritamos al unísono.
—Pensé que era mucho más joven. Se viste y actúa como cualquier otro chico del campus—Dalia estaba ahora visiblemente intrigada, pero con un tinte de sospecha que rayaba en el miedo.
—Lo sé. Tiene la complexión de alguien joven y una “baby face” que engaña a cualquiera—Tasha soltó una risa nerviosa.
Me quedé mirando al techo, ignorando las risas de Tasha. La edad era solo una capa más del engaño. Lo que realmente me inquietaba era la duplicidad. Dos hombres llamados Collins. Uno pelinegro que nos seguía desde la carretera y ocultaba su verdadera edad bajo una máscara de juventud, y otro peliblanco que aparecía en mi puerta con una mirada triste y huía al ver al primero. No era una coincidencia. Era una contradicción viviente. Estábamos atrapadas en medio de un juego de espejos donde los nombres se repetían pero las verdades se ocultaban, y el hecho de que nuestro acompañante tuviera veintiocho años solo confirmaba que no estábamos ante un estudiante común, sino ante alguien que había planeado este encuentro con una precisión quirúrgica


