—Buenos días, jovencito, ¿está Don Banner? —preguntó el vaquero al niño sentado en la entrada de la zapatería.

—¿Quién lo busca? —cuestionó el chico rubio y de ojos azules, que tendría siete años como mucho. Sin embargo, hizo la pregunta con la seriedad con que lo haría un banquero a punto de firmar un contrato.

—Está bien, Jeremy, ve a ayudar a tu madre —un hombre alto, de pelo blanquecino y que pasaba de los cincuenta apareció en el portal.

—Sí, señor —contestó el chico para luego entrar en el edificio que funcionaba como vivienda y taller de zapatería.

—Don Gerald Banner, presumo —dijo el vaquero extendiendo su mano derecha.

—Correcto. ¿Usted es? —se interesó Banner estrechando aquella mano.

Lo notó de inmediato, aunque el hombre vestía como vaquero, sus manos eran suaves, sin callos, demasiado delicadas para un hombre de trabajo físico. Su figura tampoco encajaba con su vestimenta, era alto, delgado, de una piel blanca un poco pálida, pelo negro y una nariz prominente y alargada. No llevaba armas y sostenía una pequeña bolsa de tela en la mano derecha.

—Williams Rosemberg, encantado de conocerle.

—El placer es mío. ¿En qué puedo ayudarlo, señor Rosemberg?

—Por favor, llámeme Williams.

—Muy bien, señor Williams, ¿en qué puedo ayudarle?

Williams se apresuró a sacar algo de la bolsa, unas viejas zapatillas de baile que habían visto mejores días.

—¿Puede repararlas?

Gerald examinó el calzado con cuidado y dejó salir un suspiro.

—Señor Williams, lamento desilusionarlo, pero debo admitir que no soy un gran zapatero. Estas zapatillas son de buena calidad, pero están muy dañadas y no creo tener la habilidad de repararlas.

—¿No puede intentarlo? Pertenecen a mi prima Juliet, las adora, pero ya no puede bailar con ellas.

Gerald se rascó la nuca, su pelo pintaba algunas canas, sus manos eran gruesas, sus uñas estaban sucias, igual que sus dedos con restos de pegamento. Se disponía a contestar cuando el ruido en la calle los distrajo. Habían echado a dos hombres del bar, discutían en medio de la calle.

—¡Vete a la mierda, Jacob! Eres un tramposo y lo sabes.

—¡Tramposo! ¡Te atreves a llamarme tramposo!

El hombre llamado Jacob era de baja estatura, calvo y de cuerpo robusto. Se lanzó contra el otro hombre con un cuchillo en mano y lo apuñaló.

—¡Ahora qué dices! ¿Eh? ¡Vamos, llámame tramposo ahora! —gritaba Jacob mientras apuñalaba al otro hombre.

Otros dos hombres salieron del bar.

—Jacob, ¿qué mierda has hecho? —preguntó uno de ellos.

—¡Me llamó tramposo! —espetó Jacob.

—Bueno, estabas haciendo trampa —le contestó el hombre.

Jacob se quedó pasmado un momento.

—Eso es verdad —reconoció para echarse a reír.

—Larguémonos de aquí antes de que el sheriff venga a tocar los cojones.

Jacob continuaba riendo mientras caminaba.

—Sí, ese sheriff es un inútil.

—Sí —admitió el otro hombre—. Pero trata de guardar apariencias y el jefe quiere que se quede por aquí, sería un problema si a este pelagatos le pasa algo y mandan a otro tonto con placa que no entiende el juego.

Jacob y los otros dos continuaban riendo mientras se dirigían a sus caballos, los animales estaban atados a pocos metros del bar, subieron a lomos de los cuadrúpedos, se acomodaron en sus sillas y salieron a paso suave. Gerald y Williams les vieron pasar sin decir nada; por su parte, los tres hombres los ignoraron. Williams estaba lívido, era difícil de creer que alguien así de pálido pudiera ponerse aún más blanco.

—Es mejor que hablemos dentro —recomendó Gerald.

Williams lo siguió al interior de la casa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó una mujer saliendo de lo que debería ser una cocina.

Alta, rubia, delgada y de ojos azules. Vestía un vestido azul de falda ancha y un delantal que estaba sucio de harina.

—Jacob apuñaló a Tyler —contestó Gerald.

La mujer se llevó la mano a la cara para cubrir su boca abierta en sorpresa. Luego dejó salir un suspiro exasperado.

—Este pueblo se ha vuelto peligroso, Gerald, ¿qué vamos a hacer?

—No podemos hacer nada por el momento, Jane, lo sabes.

Gerald miró a su alrededor.

—¿Dónde está Jeremy? —preguntó Gerald.

El chico salió de detrás de la falda de su madre y se mantuvo en silencio.

—Quédate en casa, no salgas a menos que yo te lo diga. ¿Entendiste?

—Sí, señor —contestó el chico.

Gerald miró a la mujer y asintió. Jane y el niño volvieron a entrar a la cocina, que estaba separada de la sala por solo una cortina. Gerald se giró hacia Williams.

—Me imagino que es nuevo en el pueblo.

—Así es —contestó el hombre.

—Pues le recomiendo que recoja sus cosas y se vaya de aquí lo antes posible.

—Visto lo visto, me gustaría. Pero hemos comprado la maderera.

—¿La del viejo Donovan?

—Así es —contestó Williams con una sonrisa—. Nos ofreció un buen trato y dijo que era buen negocio.

Gerald chasqueó la lengua.

—No mintió, es un buen negocio, pero eso es por los incendios.

Williams se mostraba confuso. Gerald se acercó a un estante, agarró una botella de whisky y un vaso y lo puso sobre la mesa, sirviendo un trago.

—Adelante —ofreció a Williams.

Williams miró el trago y luego a Gerald.

—Créame, lo necesitará. Le acompañaría, pero ya no bebo.

Williams levantó el vaso y tomó el trago de un golpe.

—He cometido un error al venir a este pueblo, ¿verdad?

—No sé si un error, pero las cosas se han vuelto difíciles por aquí desde que llegaron Ernest y sus hombres —explicó Gerald mirando hacia la calle por la rendija de la ventana entrecerrada.

—Este lugar era tranquilo, aburrido más bien. Hasta donde sé, el pueblo se formó cuando la fiebre del oro: encontraron algo de oro en el río cercano, pero no era mucho y pronto el pueblo empezó a morir. Poco después, unos granjeros empezaron a mover ganado por los alrededores, eso revitalizó el pueblo y acabamos aquí hace unos dos años. Ernest y los suyos aparecieron hace menos de un mes. Desde entonces solo crean problemas, no sé qué pasa, pero tienen comprado al sheriff, ignora cualquier cosa que esos bandidos hacen, han causado dos incendios y un día le dieron una paliza al viejo Donovan y a sus muchachos, por eso le vendió la maderera. Desde entonces, la gente les tiene miedo.

Williams se quedó pensando.

—¿Por qué vinieron aquí?

—No lo sé… ¿otro? —Gerald ofreció un segundo trago.

—No, gracias.

—¿¡Alguien ha visto algo!? —una voz gritaba en la calle.

Gerald y Williams salieron al portal de la casa. El sheriff y su ayudante examinaban el cuerpo de Tyler. Ambos hombres se miraron, Gerald negó con la cabeza. El sheriff se acercó a ellos.

—Buenos días, Gerald.

—Buenos días, sheriff Mayhem.

—¿Sabes qué pasó aquí?

—Ni idea, estaba dentro con mi nuevo cliente —mintió Gerald mirando a Williams.

—Y usted ¿señor…?

—Williams Rosemberg, mucho gusto, señor sheriff —se presentó Williams extendiendo la mano al sheriff.

—¿Y no vio nada? —seguía cuestionando el sheriff mientras le estrechaba la mano.

Williams miró a Gerald.

—Me temo que no, sheriff.

—Es nuevo por aquí, ¿no?

—Así es, sheriff, compramos la maderera del señor Donovan. Dicen que es un buen negocio.

—Bueno, siempre se necesita madera… ¿está seguro de que no vio nada?

—Seguro.

El sheriff dejó salir un suspiro exasperado.

—De acuerdo, tengan un buen día.

—Igualmente, sheriff.

El sheriff volvió junto a su ayudante. El enterrador venía en camino. Gerald y Williams volvieron a entrar en la casa.

—Y esa es la situación del pueblo. Con todo respeto, señor Williams, no creo que este sea un pueblo adecuado para usted. Mi consejo es que recoja sus cosas y se vaya de aquí cuanto antes.

—Tal vez nosotros deberíamos irnos también —dijo Jane.

—Ya quisiera —afirmó Gerald.

—Me gustaría seguir su consejo, Gerald, pero me he gastado todo lo que tenía en esa maderera, no puedo irme aún.

—Estamos en la misma situación —dijo Gerald acercándose a la ventana y cruzándose de brazos.

Se hizo silencio un momento.

—Aún no entiendo por qué vendría un grupo de forajidos por aquí —Williams se quedó pensativo.

—Tal vez están huyendo, es algo común, hombres que se ocultan en otros pueblos bajo otros nombres —añadió Jane mirando hacia Gerald.

—Tengo algunos conocidos en Dodge City, tal vez saben algo.

Jane y Gerald se mostraron incómodos.

—Cuidado, señor Williams, si mete mucho las narices en los asuntos de otros, podrían rompérsela. Como le dije, el sheriff es solo una pantalla —le advirtió Gerald.

—Lo tomaré en cuenta, pero tengo un buen olfato para el dinero —dijo Williams tocándose la nariz con el dedo índice—. Y algo me dice que hay una oportunidad por aquí.

—Buena suerte entonces.

Williams sonrió y se encaminó a la puerta.

—¡Oh! Casi lo olvido. ¿Qué hay de las zapatillas? —Williams levantó la pequeña bolsa de tela.

—Intentaré hacer lo que pueda, pero no puedo ofrecerle garantías —contestó Gerald cogiendo la bolsa.

—Muchas gracias.

Williams salió de la casa.

—Tengo un mal presentimiento —dijo Jane mirando por la ventana.

—Yo también, esperemos que sea solo eso.