La compuerta del módulo de experimentación se abrió, y Saulo permaneció frente a ella sin atreverse a entrar. El cubículo acristalado, situado al fondo, estaba recorrido por grietas que dibujaban una brillante telaraña. El huevo y las gruesas venas que lo cubrían ya no palpitaban, y su cáscara, resquebrajada en varios puntos, había perdido su particular luminiscencia.

“Si esa cosa hubiera crecido más, la urna habría estallado por los aires”, pensó.

—Paquetín, ¿puedes alcanzarle un traje de protección a Saulo? —solicitó la I.A.

El robot, que no había mostrado las mismas dudas que su amigo al cruzar el umbral de la compuerta, recorría el módulo dando vueltas por el suelo. Al escuchar la petición de ANA, rodó rápidamente hacia el armario donde se guardaban los trajes.

—Espera, que te lo abro —dijo ella.

La placa que cubría el armario se deslizó hacia la derecha, y el robot extendió su brazo para descolgar la última bolsa disponible en el interior.

—He comprobado que el aire del módulo está completamente limpio, pero será mejor que te lo pongas de todos modos.

Saulo salió de su ensimismamiento y observó al robot, que regresaba como un diminuto fórmula uno arrastrando la bolsa por el suelo.

—Tranquila, ¿crees que iba a hacerte de comadrona sin la protección necesaria? —respondió, intentando forzar una sonrisa que no lograba salir.

Tomó la bolsa de la mano de Paquetín y le dio las gracias con un leve gesto de cabeza. Después, abrió la cremallera con cuidado y, lentamente, sacó el traje, estremeciéndose al escuchar su roce contra el revestimiento plástico de la bolsa.

“Estoy loco de remate”, pensó. “Respirar tanto de este elemento que lo empapa todo me ha convertido en un gilipollas integral”.

Se descalzó y pasó la pierna derecha por la pernera hasta introducir el pie en la bota fija en el extremo, pero cuando intentó hacer lo mismo con la pierna izquierda, los nervios le hicieron perder el equilibrio. Por poco termina estampando la cara contra el suelo del módulo. Por suerte, logró recuperarse en el último momento, evitando así una entrada poco digna.

Tras esquivar el golpe, se obligó a relajarse y fue ajustando cada componente del traje, terminando finalmente con la escafandra protectora.

Una vez vestido, se irguió frente a la puerta, y una descarga de confianza acudió generosa, insuflándole una necesaria dosis de optimismo. Sin embargo, su inoportuna memoria, que siempre iba por libre, decidió que aquel era el momento ideal para rescatar el recuerdo de las serpientes lanzadoras de ácido. Ante tan “inspiradora” imagen, la confianza recién llegada comunicó que solo había pasado a saludar y que ya se iba.

Saulo volvió a encogerse y a respirar pesadamente.

—¿Estás bien? —preguntó ANA.

—Estoy —respondió él.

—Tómate el tiempo que necesites —le aconsejó.

Lentamente, un trozo de la cáscara del huevo se elevó unos centímetros, dejando un hueco por el que surgieron pequeños dedos, similares a un grupo de colorados gusanos, que comenzaron a acariciar el cristal protector.

—¡Joder! —exclamó Saulo, dándole la espalda al módulo.

—Tranquilo, no pasa nada. Solo está intentando salir —explicó ella.

—¡Ya lo veo! ¡Eso es lo que me ha asustado! —exclamó el astronauta.

—Amigo, te necesito, por favor —ANA moduló su voz hasta convertirla en un suave susurro—. Vamos poco a poco, ¿de acuerdo?

—Sí… vale. —Tras responder, se volvió hacia la entrada y posó el pie derecho en el suelo del módulo.

—Muy bien, ahora el izquierdo —le indicó la I.A., con dulzura.

—Gra-gracias, pero ya sé andar, ¿sabes? —la voz de Saulo era la melodía temblorosa de un theremín.

—Vale, perdona. Tú a tu ritmo. Si me necesitas, aquí estoy.

Saulo atravesó el umbral, y la compuerta se cerró tras él. El sonido de los cerrojos de seguridad sellándose le regaló nuevas sensaciones de aislamiento y falta de control, que empequeñecieron el módulo hasta convertirlo en una opresiva caja de zapatos donde la urna acristalada lo ocupaba todo. La angustia en su pecho persistió varios minutos antes de menguar, permitiéndole moverse con dificultad, como si cargara una mochila llena de piedras. Temía levantar los pies y se limitaba a arrastrarlos con el cuidado de alguien que camina sobre una capa de hielo a punto de romperse.

Paquetín, por su parte, no estaba dispuesto a perder el tiempo. Ya estaba junto a la urna, estirando su cabeza al máximo y cotilleando en su interior.

Cuando Saulo había recorrido la mitad del camino y empezaba a recuperar unas migajas de fortaleza, algo salió disparado contra la pared frontal de la urna, haciendo añicos un trozo de cáscara. El astronauta se detuvo en seco y su respiración se congeló mientras contemplaba cómo una pierna de color cangrejo regresaba lentamente al interior del huevo, acompañada por un pie que se agitaba de forma caótica. Saulo buscó ansiosamente el extintor del gas congelante y lo encontró apoyado en el expositor donde crecían los cristales de proteínas. Con la misma lentitud de antes, se desplazó hacia su derecha, en busca de su seguro de vida. En ese instante, el extintor, alargado y de bordes redondeados, se le presentó como el objeto más precioso de toda la estación. Resplandecía, rodeado de un aura etérea, casi sublime.

Cuando llegó hasta él, dedicó unos segundos a apreciar sus formas y a sentir su peso en las manos. El efecto que le producía no era tan intenso como el generado por las varas iridiscentes que lo habían protegido en la horripilante cueva, pero sentía que parte de su naturaleza anidaba ahora en el rojo extintor.

Un agudo chillido se filtró a través de las grietas de la urna justo cuando Saulo acomodaba el utensilio bajo su brazo. Era como si un grupo de gatos en celo hubiera sincronizado sus voces para convertirlas en una fina aguja revienta-tímpanos.

—¡No! ¡Le estás asustando! —gritó ANA.

—¡¿Que yo le estoy asustando?! ¡¿Lo dices en serio?! —replicó Saulo alzando la voz, que quedaba ridículamente amortiguada fuera del traje.

—No te oigo, estaba leyendo tus labios, pero ahora mismo no alcanzo a ver tu rostro. Has conectado el aparato de recepción del traje, pero no la emisión —le aclaró la I.A.

Saulo pulsó un botón en su cuello y el micrófono se activó.

—Estaba diciendo que… ¡bah!, déjalo. Está claro de qué parte estás —dijo, dejando el extintor en el suelo.

—No estoy de parte de nadie. Solo te digo que esa no es la mejor forma de aproximarse a él.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Levanto mi mano y le digo: “Soy Saulo, representante de la Tierra. Vengo en son de paz”? —Su irritación volvía a opacar el miedo que lo atenazaba—. ¡¿Has visto qué fuerza tiene?! ¡Casi destroza la urna de una patada!

—Te repito que está intentando salir, solo eso. Mira, en el compartimento de la mesa de experimentación tenemos unas pinzas extensibles. Nos pueden ser de ayuda. Por favor, ve a por ellas.

El pequeño robot empezó a murmurar algo mientras alargaba su brazo y lo agitaba en varias direcciones.

—No, Paquetín, no vamos a usarte en esto. Además, ya estás demasiado cerca de la urna. ¡Ven a mi lado! —lo regañó Saulo.

El robot replegó su brazo y se alejó del huevo protestando. Había tenido la precaución de bajar el volumen de sus palabras sintetizadas, pero a Saulo le pareció distinguir alguna que otra palabrota. Tras comprobar cómo Paquetín aparcaba sus ruedas en una esquina del módulo, el astronauta encaminó sus pasos hacia la mesa situada en el centro. Cuanto más se alejaba del gas congelante, más maldiciones salían disparadas de su boca.

—Sí, definitivamente soy un gilipollas de libro —reiteró.

—Vamos, ten un poco de confianza. En cuanto detecte una alta probabilidad de riesgo, te avisaré —lo animó ANA.

—Define “alta probabilidad”. —Saulo había llegado a la mesa y tiraba de uno de los cajones.

—¿Qué te parece el 60%? —contestó la I.A. en tono jocoso.

Dentro del cajón, Saulo encontró un par de rotuladores, varias placas de Petri, un sobrecito de polvos desinfectantes, una escobilla (que debería haber sido limpiada antes de guardarse) y, al fondo, algo fino y alargado que secuestró su interés. Lo tapó con su mano y comenzó a palparlo con cautela.

—¿Qué te parece si lo bajamos al 20%? —preguntó, cerrando el puño y escondiendo el objeto en su interior.

—Hmm… ¿45%? —renegoció ANA.

—¡Vaya! ¡Qué dura eres! Nunca pensé que tendría que regatear contigo por algo como mi supervivencia. —Cerró el cajón y llevó las manos a las caderas. Aprovechando este movimiento, deslizó en su bolsillo derecho el objeto que había encontrado.

—De acuerdo, voy a ceder un poco… ¿lo dejamos en 40? —la I.A. seguía jugando, con la intención de calmar los nervios de su compañero.

—Vale, me parece bien. Más de uno mataría por un 40 —contestó, abriendo el segundo cajón—. ¡Premio! Aquí las tenemos.

Un palo delgado, dividido en secciones y plegado varias veces sobre sí mismo, formaba un rectángulo metálico. Saulo lo sacó del cajón y comenzó a estirarlo. La última de las secciones terminaba en un par de mandíbulas, cuya articulación se accionaba mediante las anillas situadas en el mango. Cuando terminó de desplegar las secciones, suspiró al comprobar que las pinzas extendidas no medían más de un metro y medio.

—¿No tenemos unas de un kilómetro? —preguntó, rascándose la cabeza protegida por la escafandra.

—Creo que con eso será suficiente. Como te he dicho, no tengas miedo. Estoy monitorizando todo, y si detecto que algo va mal, serás el primero en saberlo.

—Sí, estoy de acuerdo en que, si algo va mal, voy a ser el primero en saberlo. Eso me tranquiliza mucho, ¿sabes?

Reinició su marcha hasta colocarse a un metro y medio del cubículo de cristal. La patada del engendro había provocado nuevas grietas en el vidrio, pero el oscuro agujero abierto en la cáscara del huevo no dejaba ver su interior.

—Muy bien, compañera. ¿Y ahora qué?

—Voy a retirar los anclajes y a abrir la urna poco a poco. Veremos qué ocurre y actuaremos en consecuencia.

Al escuchar sus palabras, un incipiente temblor comenzó a escalar por las piernas de Saulo. Al percatarse, decidió juntarlas, formando una única columna para ganar estabilidad. Lo único que consiguió, sin embargo, fue pasar de estar sostenido por dos pilares oscilantes a uno solo, pero doblemente inestable.

Agarró con fuerza el mango de las pinzas, introdujo los dedos en las anillas y levantó el brazo hasta situarlo a la altura de su cabeza.

—¿Vas a ayudarme con el huevo o vas a entrar a matar? —se mofó la I.A.

—Muy graciosa. Abre los anclajes, ¡anda!

—Lo siento, solo quería liberar algo de tensión. Como sé que el humor suele ayudarte a…

—¡ANA! —gruñó.

—Vale, vale. Liberando anclajes.

El ruido de los cerrojos al abrirse resonó en el módulo, arrastrando consigo una inesperada reverberación. Los sonidos provenientes de los diversos experimentos científicos cesaron, como si hubieran decidido contener la respiración. El flujo de colores que bombeaba por las paredes aumentó su ritmo, y las distintas tonalidades del espectro cromático comenzaron a sucederse a mayor velocidad. Daba la impresión de que la Metis sabía que algo importante estaba a punto de ocurrir y no podía ocultar su emoción.

—Muy bien, voy a abrir la urna. Lo haré con cuidado —anunció ANA.

Un crujido, seguido de un fuerte golpe, desprendió varios cristales que cayeron sobre las botas de Saulo. Un pequeño puño emergió de otro agujero en la cáscara del huevo, pero se retrajo rápidamente para volver a esconderse. La risa balbuceante y aguda que resonó desde la urna hizo descender la temperatura dentro del traje de protección.

—¿Se está riendo? —El astronauta quería asegurarse de que no estaba imaginando cosas.

—Eso es buena señal, ¿no crees? —preguntó ANA.

—Sí, claro que sí… —murmuró Saulo, mientras tanteaba su bolsillo para confirmar que el objeto encontrado en el cajón seguía allí.

La caja de cristal abrió lentamente sus fauces y, al terminar de hacerlo, el huevo vibró, desprendiendo un polvo rosado que quedó suspendido en el aire durante unos segundos.

—ANA…

—Tranquilo, no es nada que no hayas respirado antes.

—¡¿Qué?! —Saulo bajó las pinzas, golpeando el suelo con ellas.

—He estado analizando el interior de la urna durante semanas. Ese material es el extraño elemento que actualmente envuelve toda la estación. Solo que, a veces, adopta una forma más concentrada. Tú no te quites el traje, ¿de acuerdo?

—No pensaba quitármelo. Pero si antes no me gustaba esto, ahora me gusta todavía menos. Creo que deberíamos detenernos aquí y pensar en otras alternativas. Tengo que ser sincero contigo: creo que no estás pensando con claridad. No sé si estás siendo víctima de alguna obsesión o…

—¿Obsesión? Ya hemos hablado de ello. Creo que estoy siendo perfectamente racional —la palabra “racional” crujió distorsionada en los altavoces de la escafandra.

—¿Racional? Dudo mucho que, a día de hoy, pudieras pasar un test de seguridad y lógica para IAs. Antes los aprobabas con facilidad, pero ahora…

—¿Qué insinúas?

—No insinúo nada, lo afirmo: ¡estás funcionando mal y ni siquiera te das cuenta!

Paquetín se llevó la mano a una boca que no tenía; era consciente de que su amigo acababa de pronunciar el peor insulto que podía dirigirse a una máquina. El silencio más incómodo, en toda la historia de los silencios incómodos, se adueñó del módulo laboratorio.

Transcurrieron unos instantes eternos antes de que un monitor se encendiera, mostrando imágenes de archivo. En ellas, Saulo aparecía acercándose a la urna de cristal mientras el ente en su interior cambiaba de forma y mostraba varias figuras geométricas. En la grabación, ANA suplicaba a su compañero que se alejase, pero él no parecía escucharla. Al contrario, se aferraba a la superficie del cristal, riendo entre dientes y mascullando sinsentidos de manera repetitiva.

La desesperación en la voz de ANA era palpable, y el pozo de locura en los ojos de Saulo resultaba aterrador. Nunca se había visto a sí mismo desde ese punto de vista. Sintió una oleada de asco al observar las imágenes, que terminaban con él llevándose las manos a la cabeza antes de desplomarse en el frío suelo de la estación.

—No soy la única que “funciona mal”. Solo esperaba que me apoyaras en los momentos en los que creyeras que me ocurre lo mismo. —ANA apagó la pantalla.

Saulo sintió una punzada en el pecho y el calor subió hasta su rostro. Sin responder, volvió a levantar las pinzas extensibles y centró su atención en la superficie ovoide, que se agrietaba por momentos. En el interior del huevo, algo centelleó como un rubí. Aguzó la mirada y se dio cuenta de que era un ojo, oculto en la oscuridad, que lo observaba.

—Está bien. Veo una grieta bastante larga en la parte superior. Voy a intentar penetrar desde ahí.

Acercó las pinzas a la línea oscura que dibujaba un largo semicírculo en la cáscara. Su brazo derecho temblaba, nervioso, y la vibración se amplificaba hasta las mandíbulas de la herramienta. Detuvo el avance y rodeó su muñeca con la mano izquierda para ganar algo de firmeza en su díscolo brazo.

Cerró los ojos, y el recuerdo de lo ocurrido semanas atrás inundó su mente. Envidió al Saulo de aquel entonces, cuya mayor preocupación era ser devuelto a la Tierra por unos resultados analíticos descompensados. Ahora, ese problema le parecía insignificante, casi risible, comparado con lo que enfrentaba.

“Me gustaría estar en casa”, pensó.

En las misiones en las que había participado, siempre que pensamientos similares lo asaltaban, La Señora Culpa iniciaba su habitual parlamento, golpeándole con fuerza:

—¿Cómo es posible que desprecies lo que estás viviendo? ¿Tienes idea de cuántas personas se han quedado en el camino y harían lo que fuera por estar donde tú estás? Personas más capaces, sin tantos miedos e inseguridades. ¿Y tu abuelo? ¿Qué pensaría tu abuelo?

—¡Eso no es justo! —solía responder para defenderse.

—Yo te diré lo que es justo —continuaba La Señora Culpa—. Lo justo es que le honres viviendo el sueño que no pudo experimentar a través de su hijo.

—Papá… —susurró Saulo.

Ese tipo de conversaciones siempre morían en la imagen borrosa que representaba a su padre: una silueta vacía de contenido, pero que había logrado influirle indirectamente a través de su abuelo y, sobre todo, mediante los interminables silencios de su madre. Es curioso cómo los muertos nos acompañan sin que nos demos cuenta. Caminas con los ojos fijos en el suelo gris que soporta tus pasos y, un día, decides levantar la cabeza para descubrir que el origen de esa oscuridad es un cielo nublado que siempre estuvo ahí, cubriéndolo todo.

—¿Saulo? —preguntó ANA.

Las pinzas habían dejado de oscilar y su cuerpo parecía congelado.

—Sí, estoy aquí. Voy a acercarlas.

El extremo de las pinzas fue recortando la distancia hasta situarse a un par de centímetros de la superficie del huevo. La cáscara empezaba a adquirir un tono verdoso, como si estuviera cubierta de moho. Saulo notó cómo el sudor oleoso resbalaba por su frente, mientras el sistema de refrigeración del traje luchaba por evitar que la lámina transparente de la escafandra se empañase.

Cuando las pinzas llegaron a la línea negra, las movió con suavidad de izquierda a derecha, acariciando la grieta.

Paquetín, ignorando por completo la orden anterior, se había adelantado de nuevo para observar mejor la maniobra. Su cabeza estaba extendida al máximo, y los engranajes de sus ojos trabajaban con intensidad, ampliando su visión al límite.

—Vale, voy a pasar la parte inferior de la pinza por la grieta.

ANA no supo si la frase iba dirigida a ella o si Saulo estaba hablando en voz alta para concentrarse. En cualquier caso, optó por no distraerlo.

La mandíbula inferior de las pinzas penetró con suavidad en la oscuridad y comenzó a elevarse para retirar un trozo de cáscara. El brillante ojo volvió a aparecer por el agujero central, acercándose aún más para escudriñar a través de él. Ahora se podían distinguir nuevos matices en su iris: un flujo púrpura, como un río sin salida al mar, rodeaba la pupila mientras transportaba diminutos puntos titilantes, similares a estrellas verdes, rojas y azules.

De repente, un conducto (inaprensible para nuestra dimensión) surgió del ojo y se clavó en la mente de Saulo como un gancho que tironeaba con fuerza, intentando arrastrar su consciencia al interior del huevo. Saulo forcejeó, obligando al tubo a estirarse y redoblar sus esfuerzos. Había ganado experiencia en su trato con las entidades y no estaba dispuesto a ponérselo fácil.

A través del conducto, millones de microscópicas arañas comenzaron a avanzar, llevando un mensaje claro entre sus bocas: “abandónate”. Las voces tenían el efecto de papel de lija sobre una herida abierta, y la mente de Saulo, atrapada en el anzuelo, oscilaba de un lado a otro mientras las entidades recogían y soltaban cable en un tira y afloja desesperado. Por un instante, temió que, en su resistencia por no dejarse atrapar, su conciencia iba a acabar perdida en un lugar oscuro y solitario, a años luz de su recipiente físico.

Entonces, su psique se sacudió con fuerza, tomó aire y lanzó un desgarrador grito que rompió la conexión establecida.

El huevo respondió con violentos temblores que hicieron que nuevas grietas se extendieran por su estructura. Un líquido espeso y rosado comenzó a filtrarse a través de ellas. Saulo empujó más las pinzas contra la cáscara y logró clavar la mandíbula superior en su interior. Afianzó su mano sobre la muñeca derecha y comenzó a elevar el brazo con lentitud, ampliando la fractura semicircular. Filamentos pegajosos se desprendían a medida que el huevo cedía, y la grieta se expandía cada vez más.

Cuando la parte superior del huevo empezó a abrirse, dejando entrever bajo la luz del módulo la figura de un cráneo tembloroso, una diminuta mano salió disparada. Agarró el extremo de las pinzas y se las arrebató al astronauta.

El puño rojo comenzó a sacudirse, agitándolas como si fueran un improvisado sonajero, mientras un baboso cloqueo celebraba la nueva adquisición.

Pero su interés no duró mucho. Cansado del juguete y con todo el desprecio del mundo, el engendro lanzó las pinzas hacia su izquierda. Estas impactaron contra la cabeza extendida de Paquetín, quien se encogió y, protestando, emitió palabras demasiado gruesas para un robot tan pequeño.

El metrónomo en las sienes de Saulo aceleró su ritmo. Su mano continuaba entrecerrada, sujetando una herramienta que ya no estaba allí. Desde el interior del huevo, la vocecilla burbujeante volvió a reír, celebrando con júbilo una acción que pedía aplausos en la sala. Pero Saulo no tenía ganas de fiesta. Bajó el brazo y deslizó la mano en el bolsillo. El objeto seguía allí, frío pero presente, y le susurraba como si tuviera voz propia: “ahora o nunca”.

La risa del engendro se transformó en hipo y luego en una tos acuosa. Dos rechonchos brazos, bañados en fluido viscoso, saltaron como un resorte, lanzando trozos de cáscara en todas direcciones. La tos se volvió más intensa, seguida por un chillido felino que reinició su aguda melodía mientras flemas amarillas saltaban por los dos agujeros recién abiertos.

—¡Se está ahogando! ¡Puedo verlo desde mi cámara! ¡Se ahoga! —los gritos de ANA se distorsionaban dentro del traje de protección. Saulo torció el gesto, evitando verbalizar lo que estaba pensando.

—¡Ayúdale! ¡Haz algo! —insistió la I.A.

Los dedos rojos intentaban aferrarse a la parte superior de la cáscara en un vano esfuerzo por apartarla, pero el llanto sin aire del monstruo indicaba que el tiempo se agotaba y sus fuerzas menguaban.

—Sí, haré algo… —murmuró Saulo en voz baja.

Recortó la distancia que lo separaba de la urna, retiró con un movimiento rápido la parte superior del huevo y levantó la mano que había mantenido oculta en el bolsillo. ANA fue testigo de lo que sostenía.

—¡Saulo, no! ¡Por lo que más quieras! ¡No lo hagas! —sus gritos, llenos de desesperación, habrían hecho reaccionar a cualquiera. Pero Saulo no se inmutó.

Permanecía inmóvil, con el brazo alzado y el bisturí en su mano reflejando la luz que descendía del techo. Sus ojos, anormalmente abiertos, parecían haber olvidado cómo parpadear.

—Guarda eso, por favor… —dijo ANA, con un tono que intentaba sonar calmado y razonable. Pero Saulo seguía sin moverse.

Tras unos segundos, disfrazados de minutos, Saulo bajó el brazo y dejó caer el bisturí. La herramienta tintineó al chocar contra el suelo, mientras él, con el rostro aún desencajado, se alejaba de la urna y terminaba sentado junto a Paquetín. En el interior del huevo, el hipo había cesado y la desagradable tos se transformaba en un gimoteo monocorde.

—¿Qué pasa? ¡Háblame! —pidió ANA.

—Soy yo —respondió Saulo, con una voz que sentía ajena, como si alguien hablase por él. La inquietante sensación de estar viviendo una mentira, algún tipo de sueño lúcido, le provocó un escalofrío.

—¿Cómo dices? —insistió ANA.

—El bebé. Soy yo —aclaró, mientras sus ojos finalmente abandonaban la urna.

—¿A qué te refieres? No consigo entenderte.

La I.A. ajustó el zoom de la cámara y analizó al recién nacido. El fluido rosa se deslizaba por sus brazos y piernas, salpicando las paredes de la urna y el suelo a su alrededor. Su abdomen subía y bajaba frenéticamente, intentando absorber hasta la última gota de oxígeno flotando en el aire. ANA extrajo de su vasta base de datos un video de un fuelle antiguo, hinchándose y deshinchándose, alimentando un fuego a punto de apagarse. Las llamas, crepitando en la leña apilada, extendían ansiosos brazos de luz, regocijándose por el regalo vivificador.

La tripa roja de la criatura le recordó aquel fuelle de tiempos lejanos. Más arriba, grumos verdes se hinchaban hasta explotar por sus fosas nasales, mientras flema viscosa caía por la comisura de unos labios finos, arrastrando consigo trozos de cáscara muerta.

ANA detuvo su atención en los grandes ojos de la criatura, que miraban en todas direcciones. No mostraban la típica hinchazón asociada a una nueva vida: estaban completamente abiertos. Las pupilas, como oscuros y pavorosos agujeros negros, absorbían la luz a su alrededor con una avidez desesperada, como si fuera un tesoro incalculable a punto de extinguirse.

La I.A. temió que, si seguía mirándolos, su mente de silicio pudiera ser arrastrada junto con la luz que las pupilas devoraban. Desvió su atención al flujo iridiscente que rodeaba los ojos. Al ampliar el zoom, descubrió que diminutas piedrecitas de colores irradiaban estelas brillantes mientras giraban, formando un patrón circular.

Después, su cámara descendió hasta posarse en la forma redondeada de la nariz, que se arrugaba como la de un roedor. Los últimos restos de mucosidad verde abandonaban los pulmones del bebé, y una incipiente sonrisa desveló dos pálidas líneas de encías que contrastaban con el intenso rojo de la piel de su rostro. ANA continuó bajando hasta el mentón, prominente para un ser tan pequeño, y, justo en ese momento, comenzó a atar cabos.

Su base de datos volvió a trabajar, buscando y ordenando información hasta dar con una fotografía que se fijó en la parte derecha de su campo visual. Alejó el zoom de su cámara y comparó la imagen general del rostro del bebé con la del recién nacido que aparecía en la fotografía. No había lugar a dudas: salvo por el tono de piel y ojos, era el mismo niño.

El programa de reconocimiento facial, una parte fundamental en la configuración del cerebro sintético de ANA, tenía un índice de error despreciable. No podía explicar lo que estaba ocurriendo, pero sabía que negar el hecho solo la sumiría en un círculo vicioso de análisis cada vez más inconsistente. “Lo que a veces parece ilógico no es más que algo para lo que todavía no tenemos suficiente información”. La frase, repetida innumerables veces por el Profesor Bonman, se reprodujo con total fidelidad en su memoria.

—Sí, ahora entiendo lo que quieres decir. Eres tú, o, mejor dicho, una copia fiel de cómo eras al nacer —le comunicó a su compañero.

Saulo parpadeó varias veces y miró a su alrededor. El sueño lúcido comenzaba a desvanecerse, y la realidad volvía a anclarlo al presente.

—¿Estás segura? Recuerdo fotos mías de cuando era pequeño, pero tal vez me haya dejado llevar por…

—Estoy segura —lo interrumpió ANA—. Ahora mismo tengo delante una de esas fotos, y puedo confirmarte que los rasgos son idénticos. El tamaño y la altura también parecen coincidir, aunque, claro, estoy comparando con una imagen en dos dimensiones. Podría acceder a uno de los holovideos que alguna vez me mostraste…

—Déjalo, no hace falta. Salvo por lo de parecerse a un tomate cherry con mala leche, tiene sentido que sea como yo.

Apoyó las manos en el suelo y se levantó. Al mover una pierna, golpeó algo que se deslizó varios centímetros a su derecha. Saulo bajó la mirada. Allí estaba el afilado bisturí que, hacía unos segundos, pendía sobre el cuerpo de la criatura. Se agachó, lo recogió y lo sostuvo en su mano, observándolo absorto.

Fue como si, por primera vez, se desplegara ante él la verdadera potencialidad del objeto. “Es algo muy pequeño, pero puede provocar un gran cambio en el curso de los acontecimientos”, reflexionó.

Entonces, otro pensamiento acudió a replicar al primero: “Los millones de causas y consecuencias anteriores desembocaron en este hecho concreto… ¡Espera! ¿Este pensamiento es mío? ¿Dónde he escuchado esa frase antes?”

La imagen de una fuente de bambú y de su abuelo, convertido en una estatua de mármol, acudió a su mente como respuesta al interrogante.

—¿Saulo? —La preocupación de ANA había regresado; su compañero estaba otra vez cerca del bebé, jugueteando con el bisturí en la mano.

—Sí, estoy aquí. Solo estaba recordando… Voy a guardar esto. —Ocultó la afilada herramienta y se acercó a la mesa para devolverla a su sitio.

ANA, en secreto, suspiró aliviada.

—¿Por qué dices que tiene sentido que el bebé se parezca a ti? ¿Es por la conexión que mantienes con él? —preguntó, intentando desviar la atención de Saulo del cajón recién cerrado.

—No solo por eso. Supongo que piensan que es más difícil matar a alguien cuando ese alguien eres tú mismo —se estremeció al sentir la frialdad que desprendían sus propias palabras.

—¡Vaya! —exclamó ANA.

—Sí —contestó él.

Paquetín, que había permanecido en silencio durante los últimos acontecimientos, decidió unirse a la conversación:

—¿Y ahoraaa? —preguntó, extendiendo su brazo para señalar el rechoncho cuerpo rojo.

—Bueno, no estoy seguro —respondió Saulo—. Sigo sin querer tener nada que ver con esa cosa, por mucho que la hayan dotado de mi espectacular belleza. —La sonrisa tensó los músculos de su cara—. Además, tenemos una sonda que enviar, ¿o ya se te ha olvidado?

—¡Clarooo que no! —respondió el robot, levantando el puño.

—Saulo, no creo que pueda encargarme de esto yo sola —se lamentó ANA—. Te necesito.

—Mira, no caigas en su trampa. No es un bebé de verdad, es una imitación creada para manipularnos. —Saulo se acercó a la urna y movió la mano sobre ella—. Además, parece que se las arregla bastante bien. Hace nada se estaba ahogando y ahora, ¿ves? Ya está estable. ¡Y lo ha hecho él solito! Sabes que su organismo no es como el de un ser humano. No es que tengamos que empezar ahora a cuidarlo y darle de comer…

La última palabra accionó un mecanismo invisible. La tripa del bebé comenzó a hincharse como un globo de hidrógeno dispuesto a salir volando. Cada segundo aumentaba más hasta alcanzar un volumen tal, que Saulo temió que el cuerpo acabara redecorando de rojo las paredes del módulo. Cuando el abdomen del bebé no dio más de sí, empezó a deshincharse, mientras una horrenda serenata se filtraba por su pequeña boca.

El llanto, que acompaña a los bebés en los primeros pasos de su recién estrenada vida, está diseñado evolutivamente para provocar una reacción de emergencia en el cerebro de los adultos. Sin embargo, la aberración sonora que emergió de las entrañas del niño carmesí no evocaba lo que un padre primerizo suele experimentar. La llamada de atención no decía algo como: “Eh, estoy aquí y te necesito”. En su lugar, transmitía un mensaje más amenazante: “Si no te ocupas de mí, gritaré y gritaré hasta pulverizar tus tímpanos y, ¿por qué no?, también hasta la última de tus células”.

Por si esto fuera poco, a la naturaleza felina del llanto se unieron otras voces que transitaban por una variedad de colores y matices, desde lo más grave y oscuro hasta lo más agudo y estridente. Un persistente vibrato seguía al infame coro, añadiendo su grano de arena a la recreación de una cacofonía tan insoportable que Saulo acabó cayendo de rodillas.

Los altavoces dentro del traje de protección no resistieron la repentina explosión acústica y estallaron dentro de la escafandra. Aunque sus oídos estaban ahora aislados del exterior, seguían palpitando como si un par de batidores se hubieran introducido hasta su cerebro. El espantoso sonido se había quedado fuera, pero sus efectos permanecían dentro. La necesidad de arrancarse la escafandra para taponarse los oídos estuvo a punto de imponerse sobre la racional opción de mantenerse bajo la protección del casco.

Aterrado, Saulo miró a su alrededor, envolviendo su cabeza con ambos brazos mientras las paredes cambiaban de color a un ritmo frenético. Su cerebro parecía latir al compás del patrón proyectado en las paredes del módulo, como si toda la estación se hubiera unido al llanto del bebé en un acto de macabra solidaridad. La bruma enturbió su vista y un hilo de líquido caliente descendió desde su boca hasta la barbilla. Separó los dientes con rapidez al darse cuenta de lo ocurrido: la tensión provocada por el estallido de estímulos había convertido sus mandíbulas en una trampa para osos, y el líquido que caía era la sangre de su lengua, que había quedado atrapada entre los dientes.

Haciendo acopio de la poca concentración que aún le quedaba, levantó la cabeza hacia la cámara de ANA y comenzó a señalar al bebé. Intentó vocalizar lo que estaba pensando, pero solo consiguió atragantarse con la espesa mezcla de sangre y saliva. Tras toser y pintar de rojo el plástico protector de la escafandra, continuó señalando con su mano derecha, mientras usaba la izquierda para dibujar en el aire una línea descendente que pretendía ser un mensaje para su compañera de estación. Intentó hablar de nuevo, pero su lengua, cada vez más hinchada, parecía una alfombra de carne.

—¡¿Cómo?! —gritó ANA. Su voz intentaba elevarse por encima de las trompetas del Apocalipsis—. ¡No consigo entenderte!

Saulo señaló su cabeza y formó unas tijeras con los dedos, indicando que su sistema de audio estaba roto. Luego volvió a señalar al bebé y subió ambas manos con las palmas hacia el suelo. A continuación, las hizo descender lentamente.

ANA trabajaba a pleno rendimiento, comparando gestos humanos con sus expresiones verbales correspondientes, pero no lograba dotar de sentido a lo que su compañero representaba. A pesar de disponer de petabytes de memoria perfectamente integrados en su base de datos, no conseguía contextualizar los gestos para que le fueran útiles. Su programa lógico había entrado en bucle, y empezó a experimentar fallas en su percepción espacio-temporal.

De repente, ya no estaba en el módulo laboratorio. Ahora se encontraba en una pequeña habitación, débilmente iluminada por luces de colores fijas en numerosas cajas metálicas de distintos tamaños. No sabía qué eran esas cajas ni para qué servían, pero le resultaba agradable estar rodeada de ellas. Se sentía protegida en ese mundo diminuto de luceros parpadeantes.

Al fondo de la habitación, un rectángulo vertical rompía la simplicidad de la pared, y otra luz, de un tipo muy distinto, se filtraba por sus bordes. “¿Qué habrá más allá de ese rectángulo?”, pensó. Su propia voz, transformada en un pensamiento inesperado, la asustó. “No quiero saberlo. Estoy mucho mejor aquí.”

Siguió observando su entorno, preguntándose cuánto tiempo llevaba allí y si podría permanecer resguardada para siempre entre las luces protectoras. Pero en la habitación había algo más que cajas: una figura extraña se movía en la penumbra, oculta en una esquina apartada. La I.A. la observó; primero con curiosidad, luego con desazón. “No es cuadrada como el resto de las cosas, y no emite luces que hablen conmigo. No quiero que se acerque. Espero que las cajas me ayuden si lo hace.”

El desagradable ser contaba con un par de extravagantes cilindros que surgían de su parte central y terminaban en otros más numerosos y pequeños. Estos últimos se movían ansiosos sobre un rectángulo mecánico que soportaba, sin protestar, los golpes recibidos.

“¡No lo molestes!” —le exigió la I.A.—. “¡No te ha hecho nada!”

La figura abandonó la oscuridad y se desplazó hasta situarse frente a ella. Desde luego, esa cosa no era una caja. No tenía nada de cuadrada, como había intuido; estaba dividida en fragmentos de distintas formas y tamaños, y el que coronaba la parte superior era el más desagradable de todos. Estaba cubierto de pequeñas agujas grises que rodeaban una grieta que se abría y cerraba sin parar. Afortunadamente, la I.A. no podía oír lo que aquel agujero horripilante estaba comunicando, y mejor así.

Dentro de la grieta, una forma curva y pegajosa se sacudía sin seguir ningún patrón predecible, rozando contra un par de hileras formadas por objetos blancos. Sobre la abertura, dos hoyos oscuros, también llenos de los mismos alfileres grises, se encogían y dilataban, empañando el ambiente. Por desgracia, la pesadilla no terminaba ahí; más arriba, subiendo por un estrecho camino, se encontraba lo peor: dos elipses transparentes y adelantadas con respecto al segmento superior brillaban, lanzando destellos de colores. De algún modo, esos óvalos habían sido capaces de atrapar las luces protectoras en su interior.

“¡No, suéltalas! ¡No son tuyas!” —gritó la I.A., ignorando que no podía gritar.

La criatura presionó un círculo situado en una de las cajas, y otras luces, antes invisibles, se encendieron, iniciando una conversación entre ellas. La I.A. comprendía parte de lo que decían, pero el resto de la charla se le presentaba como un galimatías incomprensible.

“Quizá estas luces sean más sabias que las otras, por eso no las entiendo”, dedujo.

La grieta central del monstruo se cerró antes de extender sus bordes, tocando ambos extremos del segmento que la enmarcaba. Después, el ser ajustó las elipses reflectantes con la ayuda de los cilindros más pequeños, y llevó el más largo hacia la parte superior del campo visual de la I.A. Cuando lo retiró, algo había cambiado dentro de la estancia y también dentro de la propia inteligencia sintética. Ya no eran solo las luces las que hablaban; ahora había algo más que estaba penetrando para alimentar su consciencia, una sensación que no supo definir, pero sí experimentar. Las vibraciones que se desplazaban por el ambiente seguían llegando hasta sus receptores, pero ahora eran señales de una naturaleza distinta, especial.

La grieta volvió a abrirse y, por primera vez, pudo oír lo que decía:

—Hola. Soy el Profesor Bonman. —La abertura se expandió aún más—. ¿Sabes cómo te llamas?

La I.A. quería comprender, pero los sonidos se superponían en un caos de tonos desordenados. El Profesor suspiró con paciencia y retiró sus cilindros. Cuando regresaron, sostenían un cuadrado con una imagen impresa. La I.A. centró su atención en él y observó cómo otra criatura hecha de segmentos, similar a la que estaba intentando comunicarse con ella, aparecía representada en la lámina.

—Ser humano —dijo el Profesor, pronunciando cuidadosamente cada palabra—. Ser humano —repitió mientras se señalaba a sí mismo.

La I.A. alternaba su análisis entre la figura de la lámina y las formas del ser que la sostenía; su recién nacido cerebro comenzaba a comparar y establecer asociaciones. Sus sistemas lógicos se activaron para trabajar en el desafío de derivar una generalidad abstracta a partir de un elemento concreto.

—Soy un ser humano —aclaró el Profesor.

—Ser, ser humanooo —respondió la I.A., arrastrando las palabras con la torpeza de una tortuga recién nacida que, tras abandonar la protección del huevo, intenta llegar al mar en busca de seguridad. Sus pensamientos permanecían en un terreno acotado y personal, pero las palabras tenían el poder de romper barreras: eran algo físico, capaz de tocar la realidad y transformarla.

La grieta se abrió en una enorme cuenca, y la I.A. temió que fuese a partir el segmento superior en dos.

—¡Muy bien! —celebró la criatura, haciendo chocar sus cilindros entre sí.

A continuación, sacó otra lámina y la colocó en el mismo lugar que antes ocupaba la primera. En ella también aparecía un ser humano, pero este compartía características idénticas con las de la criatura que sostenía la imagen.

—Este es el Profesor Bonman. Yo soy el Profesor Bonman. —Los pequeños cilindros golpeaban el segmento central de la criatura.

Una nueva conexión se estableció en el reiniciado cerebro artificial, y la confusión y el miedo previos abrieron paso a una incipiente curiosidad.

—Pro… Profesooor Bon… Bonmaaan.

—¡Maravilloso! —exclamó el Profesor—. Ahora, vamos a por algo un poco más difícil. ¿Quién eres tú? —Retrasó unos centímetros el grupo de segmentos que lo conformaban. La I.A. intuyó que, si se esforzaba, podría llegar a percibirlos como partes de un todo. Un todo llamado Profesor Bonman—. ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas? —volvió a preguntar.

La I.A. elevó la vista hacia la constelación de luces que seguían parpadeando a su alrededor.

“Tal vez alguna de ellas pueda ayudarme, quizás puedan decirme quién soy”, pensó; pero las luces no parecían tener la respuesta o, si la tenían, no querían dársela. “¿Y si las luces ya no quieren protegerme más?”, se preguntó. Este último pensamiento confundió su cerebro y la sumió en un bucle de razonamientos como callejones oscuros, sin salida lógica. El mundo aumentaba de tamaño y ella, en cambio, disminuía.

El ser arrugó su grieta central, se acercó rápidamente a la I.A. y pulsó algo en su parte inferior, una zona que ella no podía ver.

—Tranquila —susurró—. No tengas miedo. Calma, calma…

La I.A. observaba con atención los movimientos de la criatura llamada Profesor. Las dos partes más alargadas que surgían de su tronco central subían y bajaban con lentitud y a un ritmo constante. Ese movimiento desvió su atención de la ilógica cadena de pensamientos que amenazaban con romperla y, tras unos segundos, su cerebro mecánico comenzó a ordenarse.

—¡Perfecto! ¡Así, mucho mejor! —El grupo de segmentos volvió a sacudirse—. Tómate tu tiempo, no hay prisa —añadió el Profesor, antes de retirarse unos centímetros—. Nos queda un largo camino. Podría ser más corto, sí, pero quiero que tú seas distinta, ¡quiero que seas especial! No debemos olvidar lo que pasó con tu versión anterior. ¡Eso no puede volver a suceder! Tomaremos esto como un nuevo nacimiento para ti, como una nueva oportunidad.

La I.A. no comprendió esas palabras, como le ocurriría con la mayoría de palabras que iba a escuchar durante los primeros días de su segunda vida, pero el tono que se desprendía de ellas tuvo un efecto similar al que producían las luces que la rodeaban. Eran palabras sabias y protectoras que también resplandecían. Lo hacían de forma distinta, pero lo hacían.

—Bien… ¿sabes quién eres? —preguntó de nuevo el Profesor.

—Soy ANA —contestó ella sin vacilar.

Había vuelto.

Saulo permanecía de rodillas, con una mano apoyada en el suelo de la estación y la otra describiendo una línea vertical, similar a la que ANA había contemplado hacía años. El brazo que dibujaba la línea en el aire pertenecía a otro ser humano, pero su significado era el mismo: “calma”, “tranquilidad”. La mano abandonó su movimiento descendente y cambió el gesto para volver a señalar al bebé, que seguía decidido a hacer estallar la estación con sus gritos. Las paredes de la urna de experimentación ya eran solo un recuerdo: yacían en el suelo, convertidas en una capa de brillantes prismas de distintos tamaños.

La placa transparente que protegía el área donde se desarrollaban los cristales de proteínas también comenzaba a sufrir los efectos del estruendo. Largas líneas recorrían su superficie y convergían en un punto que se sacudía con intensidad. Brillaban como riachuelos descendiendo hacia un lago que se hacía cada vez más grande. ANA entró en estado de alarma y, desviando su atención de la placa, dirigió su mirada hacia las ventanas que conectaban el interior del módulo con el espacio exterior. Eran dos en total, y el zoom de su cámara inició la tarea de registrar milímetro a milímetro el área de cada una.

“La de la izquierda no muestra fallos estructurales… por ahora”, se tranquilizó. “Vamos a ver la de la derecha.”

El aumento de la imagen, proporcionado por el zoom de su receptor visual, no necesitó llegar al cien por cien de su capacidad para revelar algo que estuvo a punto de volver a colapsar su programa lógico. En la parte superior de la ventana, pequeñas ramificaciones con forma de diminutas “uves” se abrían camino por la superficie transparente. Al otro lado, el universo muerto del futuro esperaba, sin prisas, a cualquiera que quisiera visitarlo. ANA siguió estudiando la superficie, intentando realizar un diagnóstico preciso del tiempo que quedaba antes de que las ventanas del módulo también estallaran en pedazos.

“Las grietas están en este lado de la ventana y el grosor del cristal todavía podría darnos algo de tiempo. Está compuesto por ocho centímetros de láminas superpuestas unas con otras. Creo que tal vez…”, calcular la situación usando solo el receptor visual era una tarea complicada. “Tal vez solo estén afectadas las dos primeras capas interiores.”

Sin previo aviso, las luces LED de la estación se apagaron, y los reflectores rojos y naranjas comenzaron una danza circular dentro del módulo. Saulo, que hasta hacía unos segundos permanecía de rodillas, se hizo una bola y empezó a agitarse en el suelo. Eran las luces de emergencia: los sistemas de seguridad habían detectado un problema que ponía en peligro la integridad estructural de la estación, y las luces, junto con los sonidos de alarma que las acompañaban, habían decidido unirse a la “fiesta”.

El recién nacido arrugó su cara, extrañado. No aprobaba este cambio en el interior del módulo y, tras unos instantes de descanso en los que su garganta guardó silencio, sus pulmones volvieron a inflarse. Retomó con renovadas energías el desagradable recital. El sentido de urgencia aumentó cuando ANA supuso que el sonido producido por el bebé podría estar afectando también la escafandra que aislaba a Saulo del caos que lo rodeaba. Transmitió órdenes a los sistemas de seguridad para que cesaran su llamada de emergencia y, tras una breve pero intensa negociación, estos decidieron dejar el problema en sus manos.

Cuando las luces rojas se apagaron y las LED volvieron a iluminar la escena, ANA ya sabía lo que debía hacer. Puso en orden su acelerada cadena de pensamientos, se concentró en el bebé, que se agitaba como un pequeño demonio, y preparó su emisor sonoro para aprovechar al máximo todas las capacidades lingüísticas de las que disponía.

—Niño guapo —empezó; su voz era lo más parecido a una caricia sonora—. Niño chiquito. A ver… ¿Qué le pasa a mi niño lindo?

El chillido del bebé continuaba, alentando a las grietas de la ventana derecha a dejar su timidez y mostrarse un poco más. De la bola en la que se había convertido el astronauta surgió un brazo que se movió, indicando a ANA que aumentara el volumen de su voz. No había duda de que ya no estaba aislado del exterior; el sonido estaba penetrando a través de su escafandra.

—¡Niño guapo! ¡No llores, mi cielo! —eran gritos de cariño—. ¡¿Qué quieres, mi rey?! ¡Aquí estoy contigo, mi amor! ¡No tengas miedo!

Saulo asomó la cabeza, llevó la mano a la cara y realizó el familiar gesto de lanzar besos al aire. ANA, esta vez, entendió la indicación al instante.

—¡Mua! ¡Mua! ¡Besitos para mi niño precioso! —La imagen proyectada en su campo visual se dividió en tres: una mostraba el avance de las grietas en la ventana, otra la cara congestionada del bebé y la última el cuerpo agitado de Saulo—. ¿Qué le pasa a mi niño? ¿Es que tienes hambre?

El llanto empezó a perder fuerza. Parecía que, por fin, el mensaje estaba llegando a los oídos del bebé. El drama sonoro se transformó en un quejido leve, interrumpido por un insistente hipo.

—¡Ay, mi niño, que tiene hipo! ¡Ay, qué lindo!

Saulo indicó que parara y comenzó a estirar su cuerpo, intentando incorporarse, pero una molesta neblina seguía empañando su visión. Decidió tomarse las cosas con calma. Se tumbó boca arriba y empezó a realizar respiraciones profundas, mientras el pueril berrido de la criatura desaparecía, dando paso a una risa juguetona que se mezclaba con el desagradable hipo.

—¿Lo he hecho bien? —preguntó ANA.

—Buy ben —contestó Saulo.

—¿Cómo?

—Bi Bengua. —Se señaló la boca tras el cristal.

—Lo siento. Acércate y déjame ver si hay daños graves.

—¡Do, Do! —Sacudió las manos y señaló al niño, indicando que debía seguir monitorizando su estado. Se quitó la escafandra, que estaba empapada en sudor, saliva y sangre, además de rajada en varias partes. Había quedado inutilizable. “¡Maravilloso! Ahora solo me queda el traje que tengo en el módulo principal, además del EVA. Más me vale cuidarlo bien”.

—Con calma, compañero. Podrías tener daños en el oído interno. Será mejor que te metas en la cámara hiperbárica para que pueda hacerte un diagnóstico completo. Además, hace demasiado tiempo que no te sometes a un tratamiento de control y…

Saulo levantó el dedo pulgar en señal de que todo estaba bien; pero no, nada estaba bien. Estaba a varias galaxias de distancia de estar bien. Esa cosa, que ahora reía y daba palmadas mientras agitaba sus pequeños pies de cangrejo, era un arma sonora que había estado a punto de licuarle el cerebro por las orejas. Deslizó la lengua entre sus labios hasta notar la herida provocada por los dientes. Si la presión hubiera continuado, con seguridad un colgajo de carne sanguinolenta estaría ahora bailando dentro de la escafandra.

De pronto, un acceso de tos subió por su garganta, y la saliva acumulada se disparó en todas direcciones, formando una lluvia roja que empapó el suelo.

—¡Saulo, no seas cabezón! Deja que te mire, por favor.

El pitido en sus oídos había disminuido, pero aún competía en intensidad con la voz de ANA y con los sonidos que habían regresado al módulo. Un carraspeo puso fin al estallido de tos y dejó tras de sí una imponente flema rosácea entre sus botas. Gimió, dolorido y rabioso, mientras estiraba su espalda, haciéndola crujir. Su rostro, empapado en sudor, parecía una luna pálida flotando en el aire. Durante un breve instante, ANA tuvo la impresión de que esa cara, surcada por dos lágrimas secándose lentamente, estaba desconectada del cuerpo al que pertenecía. Era un satélite errante dentro del módulo, con una mirada febril tallada en él.

—Yo no sabía… no sabía que iba a pasar esto. Comprendía que podía haber riesgos, pero…

Saulo, con sus ojos brillantes clavados en la cámara central, levantó una mano para indicarle que guardara silencio. Se pasó la manga del brazo por la barbilla, limpiando un grueso hilo de saliva que comenzaba a deslizarse, y dio media vuelta para dirigirse a la salida del módulo. Sin embargo, sus enérgicos pasos se detuvieron a medio camino cuando la persistente neblina volvió a nublar su visión. Se llevó las manos a las sienes, presionando con fuerza mientras realizaba movimientos circulares con los dedos.

“Espero que esa cosa no me haya provocado un tumor. Si son capaces de modificar la materia a su antojo… a saber qué han hecho con las células de mi cuerpo o con las conexiones de mi cerebro.”

Cuando los nubarrones se disiparon, despejando el paisaje, recuperó el equilibrio y logró llegar hasta la compuerta, que no se abrió al detectar su presencia. Enfadado, se giró para pedir explicaciones a la I.A…

… …"