Añoranza de antaño Capítulo: XIII
Perspectiva : Waban (1644 ) La luz del amanecer se filtraba en mi wigwam en finas líneas doradas, atravesando los poros de la piel curtida que nos protegía del mundo. Afuera, el bosque de lo que un día sería Massachusetts despertaba con una sinfonía de cantos de aves y el susurro del viento entre los abedules. Era un mundo joven, pero cansado.
Dentro reinaba la paz. Ominotago, mi esposa, dormía de lado, el ritmo de su respiración dictaba el tiempo de mi vida. Abrazaba a nuestra pequeña Maji, y el cabello negro de ambas se fundía en un solo río de seda sobre las mantas de piel de ciervo. Por un instante, el aire se detuvo. Me permití contemplarlas en un silencio sagrado, grabando cada detalle de sus rostros en las paredes de mi memoria. Sentí que, mientras ellas respiraran, el mundo no podía romperse.
No las desperté. El destino tiene un tacto frío. Tomé mi cuchillo de hueso, ajusté las pieles a mi hombro y salí sin hacer ruido.
Aquel día, el consejo del sachem hervía en una tensión eléctrica. Un joven de una tribu hermana había colapsado en nuestras fronteras la noche anterior. Decían que había corrido hasta que sus pulmones sangraron, escapando de los Chauquaquock: los hombres de piel pálida que avanzaban como una plaga de langostas, dejando solo ceniza a su paso. Durante años, estos extranjeros habían contaminado nuestra tierra con enfermedades que no conocíamos y promesas que se pudrían antes de ser cumplidas. Algunas tribus, cegadas por el miedo o la codicia, pactaron con ellos.
Nosotros no. Nuestra sangre aún era pura; nuestra palabra aún tenía peso.
El wigwam del sachem estaba rodeado de ancianos cuyos ojos reflejaban el fin de una era. Entré agachando la cabeza. Allí estaba el muchacho, apenas un hombre. Su piel ardía con una fiebre que olía a azufre y su pierna estaba envuelta en vendajes empapados de una sustancia negra y espesa, similar a la brea.
Me arrodillé y preparé una pasta de corteza de sauce. —Esto bajará el fuego de tu sangre, hermano —susurré.
Entonces, sus ojos se abrieron. Eran dos lunas de puro terror blanco. Se incorporó con una fuerza violenta, agarrando mis brazos con garras desesperadas. —¡Ya vienen! —gritó, y su voz no era la de un hombre, sino la de un presagio—. ¡Los rostros pálidos ya vienen por nosotros!
Al tocarlo, el velo se rasgó. Los espíritus me lanzaron al abismo de una visión: vi el cielo volverse rojo. Vi carne humana desgarrada por dientes invisibles. Vi ríos de sangre nutriendo las raíces de árboles negros. Y en el centro de la matanza, una figura inmensa: un monstruo con torso de hombre, cabeza de pesadilla y una sola ala negra, vasta como una mortaja, extendida sobre un campo de cadáveres.
Retrocedí jadeando. No era una visión de guía; era una sentencia de muerte.
Los gritos comenzaron afuera antes de que pudiera recuperar el aliento. Luego, el primer trueno artificial: un disparo de mosquete. Después otro. Y el aire se llenó de los alaridos de mi gente.
Salí del wigwam al infierno. El poblado ardía. Las llamas lamían los postes sagrados mientras los colonos avanzaban entre el humo, envueltos en acero y odio. Vi a guerreros caer antes de encordar sus arcos. Vi a las mujeres ser cazadas como animales. Un hombre alto, de barba oscura y ojos como el hielo, dirigía la carnicería montado sobre un caballo gris que parecía un espectro.
—¡Smith! ¡Capitán Smith! —gritó uno de sus soldados.
Él alzó su espada, señalando nuestras casas, nuestras vidas, nuestras almas. —¡Purificad este lugar en nombre de Dios! —rugió con una autoridad blasfema.
Corrí. Mis pulmones quemaban por el humo y el pánico. Encontré a Ominotago con Maji en brazos tras nuestro wigwam, sus ojos eran dos pozos de lágrimas silenciosas.
—¡Al bosque! ¡Hacia el norte! —ordené, empujándolas hacia la maleza.
Nos internamos en la espesura mientras el humo devoraba el sol. Pero no estábamos solos. Detrás de nosotros, el crujido de botas pesadas y el choque del metal anunciaban a doce hombres armados. Doce contra un hombre, una mujer y un bebé. El peso de la realidad me fracturó el corazón. No escaparíamos los tres.
Me detuve en seco. Tomé el rostro de Ominotago entre mis manos, sintiendo el calor de su piel por lo que supe sería la última vez. —Ve hacia la tribu del río. No te detengas. No mires atrás, aunque el bosque grite.
Ella lo entendió. Sus ojos me suplicaron que mintiera, pero no hubo tiempo. Le di un beso a mi hija en la frente, un sello de amor en un mundo de odio, y las empujé hacia la sombra de los abedules. Las vi desaparecer. Fue la última vez que vi la luz en este mundo.
Me quedé solo. Solo con los latidos de mi corazón, que sonaban como tambores de guerra. Solo con la rabia que empezaba a hervir, transformándose en algo denso y oscuro. Quería justicia por los ancianos quemados. Quería venganza por la tierra violada. Quería que el apellido Smith fuera borrado de la existencia.
Me oculté tras una gran roca, mi cuchillo de hueso temblando en mi mano. Entonces, la sombra se alargó de forma imposible.
Alta. Delgada. Con una sola ala ennegrecida que goteaba oscuridad. Sonriente. —Hola, Waban.
Me puse en guardia, el instinto de cazador gritando peligro. —Atrás, wendigo.
La criatura soltó una carcajada que sonó como cristal rompiéndose. —Oh, no soy una de esas bestias hambrientas de los bosques, pequeño mortal. Soy algo mucho más antiguo. Mucho peor.
Dio un paso al frente y sus ojos brillaron como brasas hundidas en un pozo. —Mi nombre es Abezethibou. Y tú estás perdiendo.
Podía oír las botas de los hombres de Smith rompiendo las ramas. Podía oír sus risas, celebrando la cacería de mi familia.
—Puedo darte la fuerza para proteger lo que amas —dijo el demonio, extendiendo una mano huesuda—. Alas para alcanzarlos. Garras para desgarrarlos. El miedo que ellos te han dado, devuelto por mil.
Tragué saliva. La ira es un veneno dulce. —¿Cuál es el precio?
—Tu alma. Un intercambio justo por el poder de un dios.
Miré hacia el norte, donde Ominotago huía. Escuché el disparo de un mosquete a lo lejos y el grito de un hombre celebrando un hallazgo. La cordura se evaporó.
—Trato —rugí.
El demonio desapareció en un parpadeo, y algo dentro de mí se quebró con el sonido de mil huesos rompiéndose. Caí al suelo gritando mientras mi cuerpo era reescrito. Mis piernas se doblaron hacia atrás, los huesos se fundieron en pezuñas negras de una dureza pétrea. Mis manos se alargaron en garras de obsidiana. Mis dientes atravesaron mis encías en una explosión de dolor y sabor a hierro. Dos alas enormes y membranosas brotaron de mi espalda entre chorros de sangre caliente. Mi mente se vació de Waban, dejando solo una palabra, un hambre, un mandato: SANGRE.
Los hombres me encontraron. Vi su miedo, y fue el aroma más dulce que jamás había olido. Corrí hacia ellos con una velocidad que desafiaba la vista. Los despedacé. No fue una batalla; fue una carnicería. Arranqué gargantas, abrí vientres, bebí de sus fuentes vitales mientras sus oraciones se ahogaban en sus propios pulmones. Uno intentó rezar a su Dios de piel pálida; lo partí en dos antes de que terminara su Amén.
Cuando el último cayó, el bosque quedó en un silencio sepulcral. Yo respiraba con dificultad, cubierto de vísceras, cubierto de pecado. La transformación cedió lentamente, dejándome de rodillas, humano de nuevo, rodeado por los restos de lo que una vez fueron hombres.
Lloré. No por ellos, sino por lo que ahora era yo.
Abezethibou emergió de las sombras, complacido. —Hermoso trabajo. Cumplí mi parte. Ahora me toca cobrar la deuda.
—No… esto no es lo que quería… —sollocé. —Los mortales nunca entienden lo que piden hasta que el sabor de la sangre se vuelve amargo.
Alzó su mano para arrancarme el alma, pero un silbido agudo cortó el aire. El rostro del demonio cambió al terror absoluto.
Una figura caminaba entre los árboles. Vestía ropas elegantes, de una sofisticación imposible para esa época y lugar. Sonreía con una calma que hacía que el demonio pareciera un insecto.
—Mi querido Abezethibou… —dijo el recién llegado en una lengua antigua, que luego sabría que era hebreo—. Veo que has roto el tratado que firmé hace eones.
El demonio cayó de rodillas, temblando. —Señor… yo solo…
—Sabes las reglas —continuó el hombre, cuya mirada era más antigua que los propios árboles—. Puedes pactar con humanos, pero no engañarlos con cláusulas tan burdas.
La sonrisa del extraño se afiló. Miró hacia mí con una mezcla de entretenimiento y compasión divina. —Este hombre te dará su alma, sí. Pero cambiaremos el contrato. No será solo suya. También las almas de su sangre futura cargarán con este don… y esta maldición.
Mi corazón se detuvo. Mi linaje. Mis hijos. Los hijos de mis hijos. —Pero —continuó el hombre levantando un dedo— habrá cláusulas divertidas. Un juego para los siglos. Lo discutiremos en los niveles inferiores.
—¡No, señor, espere—! —suplicó el demonio.
Con un gesto perezoso, el hombre pulverizó a Abezethibou en una lluvia de ceniza negra. Luego se acercó a mí. Me tendió la mano.
—Ven, pequeño Waban. Es hora de llevarte a tu nuevo hogar. A tu nueva función.
Quise correr. Quise invocar a los espíritus de mis antepasados. Pero ya no había nadie allí. Solo quedábamos él, yo y la sombra de una bestia que viviría en mi sangre para siempre. Mi alma ya no me pertenecía
Perspectiva:Eoghan Williams (1734 ) El viento del Atlántico no era aire; era una cuchilla de obsidiana helada que se colaba entre las cuadernas del navío, atravesando la lana de mi abrigo y mordiendo los huesos con la saña de un animal hambriento. La mayoría de los pasajeros en la bodega dormían o fingían hacerlo, acurrucados bajo mantas húmedas que olían a enfermedad y salitre, vencidos por los sesenta días de travesía.
Mi familia no tenía ese lujo. Un Williams nunca duerme del todo cuando el rastro está cerca.
Llevábamos semanas en el mar. Mis hijos estaban exhaustos, sus rostros juveniles endurecidos por la privación. Mi esposa, Margaret, apenas había conciliado el sueño desde que dejamos las costas de Galway; su mano siempre descansaba sobre el rosario de plata o sobre la daga de mercurio oculta en su corpiño. Los ancianos del barco tosían con una frecuencia que hacía temer que el océano reclamara sus pulmones antes de que la tierra lo hiciera. Pero nadie se quejaba.
Porque no habíamos cruzado el abismo verde por ambición, ni por el hambre que asolaba nuestra tierra, ni por la esperanza de una vida mejor. Habíamos venido por deber.
—Debes entenderlo, hermano —le digo a mi hermano pequeño Garret, mientras apoyo los antebrazos sobre la borda de madera podrida, observando cómo la niebla del mar comienza a devorar la proa—. No todas las guerras se libran bajo el sol de los campos de batalla que el Rey de Inglaterra reclama. Las guerras más antiguas se pelean en los pliegues del mundo, allí donde la Iglesia prefiere fingir que Dios no tiene jurisdicción.
Hace apenas dos meses, una carta sellada con la insignia de cera roja del Vaticano —la llave y la espada— llegó a nuestra casa en Galway. No fue entregada por correo ordinario. La trajo un monje cisterciense de manos callosas y mirada de acero que no pronunció más de diez palabras. Dentro venía la Orden de Desplazamiento.
La historia oficial de 1644 hablaba de una disputa territorial, un choque de fronteras entre colonos y nativos. Pero los archivos privados de la Orden del Alba en Roma contaban una verdad más oscura: aquella noche de hace noventa años, doce soldados ingleses no murieron en combate. Aparecieron despedazados bajo una luna nueva. Sus cuerpos fueron encontrados colgando de los sauces llorones, abiertos en canal desde el esternón hasta la pelvis, vaciados con una precisión quirúrgica, como si una bestia hubiera querido leer su futuro en el interior de sus entrañas.
Los colonos culparon a los lobos. Los sacerdotes que bendijeron la fosa común hablaron de demonios. Y la Orden… la Orden supo que un recipiente había sido abierto.
—Haz la cuenta tú mismo —murmuro, ajustándome los guantes de cuero herrados y viendo a Garret—. En enero, un mutilado. En febrero, otro. En marzo, una carnicería. Y en abril, un hombre hallado dentro de su propia casa, con las puertas y ventanas atrancadas desde el interior. Murió de terror antes de que lo despedazaran. La carta se escribió en mayo. Ahora estamos en julio.
—Si la criatura siguió su ritmo de alimentación —le digo, girando apenas el rostro hacia Garret—, para cuando pongamos pie en tierra habrá al menos tres cadáveres más. Shadow Creek ya no es un asentamiento; es un comedero.
Miro hacia donde mi hijo mayor, duerme sentado contra un barril de agua. Abraza la empuñadura de la espada familiar, envuelta en cuero para ocultar las runas grabadas en el acero. Tiene apenas quince años y ya conoce más nombres para el mal que para la virtud.
Los Williams no somos campesinos irlandeses. Nunca lo fuimos. Somos el Alba en la oscuridad. Una línea de sangre entrenada durante generaciones para rastrear, contener y ejecutar aquello que no pertenece al mundo de los hombres ni al de Dios. Lo que comenzó como una hermandad mística en las Cruzadas se convirtió en un linaje de guerreros errantes. Nos mezclamos con familias comunes, heredamos tierras, tuvimos hijos… pero jamás soltamos el acero.
Cuando Roma necesita manos que no teman mancharse para salvar el espíritu, nos escribe. Y esta vez nos pidió a la familia completa. Eso fue lo que me hizo comprender la gravedad del asunto: si enviaron a todo el linaje disponible, no creen que enfrentemos a una bestia. Creen que enfrentemos una Maldición de Sangre.
El barco cruje con un lamento de madera vieja. Las velas se tensan. A lo lejos, entre la bruma, comienzan a distinguirse los muelles mal construidos de Shadow Creek. La colonia aparece ante nosotros como un cadáver intentando incorporarse entre el barro y la niebla.
El capitán se acerca a mí, escupe al mar un resto de tabaco y señala la costa con un dedo amarillento. —Llegamos, señor Williams.
Asiento sin corregirlo. No somos O’Williams aquí. No somos Caballeros del Alba. Seremos inmigrantes. Una familia de Galway huyendo de la miseria, buscando una parcela de tierra que cultivar. Es la única forma de observar sin que el Mal sepa que el cazador ha llegado a su puerta.
Mi esposa se coloca junto a mí, sosteniendo a nuestra hija menor. Su mirada escanea el bosque que rodea el poblado. —¿Es ahí? —pregunta. Su voz es un susurro frío. —Sí. —Huele mal, Eoghan.
Inhalo profundamente. No se refiere al hedor de la basura o al salitre estancado. Se refiere a la corrupción espiritual. Ese aroma a humedad densa y hierro viejo que se pega a la piel cuando un lugar ha sido tocado por un pacto antiguo. Lo he sentido en las catacumbas de París y en los monasterios quemados de Escocia.
Shadow Creek apesta a pecado viejo.
Descendemos por la pasarela. Los locales nos observan con una curiosidad que bordea la hostilidad. Son hombres flacos de manos endurecidas y mujeres cuyos ojos han visto demasiados entierros. Algunos hacen la señal de la cruz al vernos; otros miran con demasiada fijeza el estuche largo donde transportamos nuestras armas de plata y hierro frío.
Mienten mal. Tienen miedo. Y el miedo es el rastro más fácil de seguir.
Un alguacil de rostro cetrino y manos temblorosas se aproxima con un libro de registros. —Nombres. —Eoghan Williams. Mi familia y yo buscamos trabajo y un lugar donde asentarnos.
El hombre anota sin mirarme, pero noto que su pluma tiembla. —Llegan en mala época, irlandés. —Toda época mejora con fe y trabajo —respondo con una sonrisa ensayada.
El alguacil suelta una risa seca, casi un espasmo. —No me refería a la cosecha ni al clima.
Levanto la vista hacia él. Tiene ojeras que parecen hematomas. Y en el cuello, bajo la camisa de lino sucio, alcanzo a ver marcas de uñas… como si alguien se hubiera aferrado a él en un paroxismo de terror absoluto antes de ser arrastrado a la oscuridad.
—¿Entonces a qué se refiere, buen hombre? —pregunto con una calma letal.
El hombre me observa por primera vez. Sus pupilas están contraídas. Mira hacia el bosque, donde la niebla avanza entre los árboles como dedos blancos buscando una garganta que apretar. Se aleja sin despedirse, como si hablar conmigo fuera un riesgo que no puede permitirse. Permanezco inmóvil, sintiendo el peso del rosario de hierro bendecido contra mi pecho. No es alegría lo que siento, sino la fría satisfacción del depredador que encuentra el rastro fresco.
—¿Escuchaste eso, hermano? —le digo a Garret, mientras mis hijos cargan los baúles llenos de armas ocultas—. No hemos venido a buscar una vida nueva. Hemos venido a cerrar una tumba que lleva noventa años abierta.
Y con el primer paso que doy sobre el barro de Shadow Creek, siento que la tierra vibra bajo mis botas. No es un terremoto. Es un latido.
El pueblo está vivo. Y tiene hambre.
Perspectiva: Logan Reed, (1824) Las estrellas arden esta noche con una intensidad cruel.
Desde el puente de navegación, filtrado por el cristal de grafeno, puedo verlas extenderse en todas direcciones: frías, indiferentes, como ojos antiguos observando mi desgracia sin la menor intención de intervenir. Durante tres siglos terrestres, esas luces fueron mis guías entre rutas de comercio, cinturones de polvo estelar y mares negros donde ni la luz se atreve a quedarse demasiado tiempo. Ahora, solo sirven para recordarme lo vasto que es el vacío donde voy a desaparecer.
Las alarmas comenzaron hace siete minutos terrestres. Siete minutos desde que un fragmento de detrito espacial cambió mi eternidad por un cronómetro.
Un cuerpo rocoso —demasiado pequeño para los sensores de largo alcance, demasiado veloz para las maniobras de evasión— atravesó el flanco derecho de la nave con la violencia de una lanza lanzada por un dios furioso. Primero sentí la sacudida, un impacto que hizo vibrar mis propios huesos. Después, el gemido metálico de la estructura de la nave quebrándose, un lamento que solo un Mandus puede entender como el grito de un ser vivo. Luego, el silencio momentáneo que precede al caos absoluto.
Ahora todo vibra en una frecuencia de muerte.
Los paneles de mando chisporrotean con energía irregular, arrojando chispas cian sobre mis manos. La iluminación principal parpadea entre el azul de la calma y el rojo de la agonía. El aire se satura con el olor a ozono, cables quemados y el dulce y tóxico aroma del refrigerante derramado. Cada pocos segundos, una nueva advertencia recorre la cabina en la lengua mecánica de mi planeta, Mundu. Ya no necesito procesar los símbolos para comprender el diagnóstico:
Fallo en propulsión lateral.
Descompresión en módulo de carga tres.
Trayectoria inestable.
Colisión planetaria inminente.
Aprieto los dientes, mis dedos se hunden en los controles inútiles. —Ya lo noté —murmuro al sistema de inteligencia muerta.
Me sujeto al asiento de mando mientras la nave gira con violencia sobre su eje, perdiendo la lucha contra la inercia. En la pantalla principal aparece el planeta que me atraerá como una piedra al fondo de un lago: La Tierra.
Es hermoso, de una forma dolorosa. Un globo azul y verde, envuelto en velos de nubes blancas y vastos océanos bajo la luz de su única luna. Continentes extensos, actividad atmosférica vibrante. Abundancia de agua líquida. Vida probable. Es un mundo joven, salvaje, no registrado en mis rutas de navegación seguras. Un accidente convertido en destino.
Intento corregir la trayectoria, buscando un ángulo de entrada que no me convierta en cenizas, pero la respuesta llega tarde y rota. El ala derecha exterior se desintegró con el impacto inicial. Los motores secundarios han sido silenciados por el vacío. El núcleo central de la nave se recalienta con una rapidez que amenaza con una explosión interna antes de tocar suelo.
No voy a aterrizar. Voy a caer como una lágrima de fuego.
La gravedad del planeta comienza a arrastrarme con una fuerza cada vez más feroz. El casco entero tiembla, un bramido estructural que resuena en mis dientes mientras la atmósfera exterior roza la nave y la convierte en una antorcha descendente. Las ventanas laterales empiezan a encenderse con un fuego líquido, el plasma naranja devorando la vista del espacio.
—Perfecto —digo con una risa breve y amarga, la ironía es el único sistema que aún funciona—. Después de trescientos años de navegación impecable por el vacío, mi fin es una piedra perdida en un sistema de tercera categoría.
Miro alrededor de la cabina vacía. Me devuelve una verdad que he ignorado durante siglos: estoy solo. Siempre estuve solo, incluso cuando la nave estaba llena de voces y rutas.
Camino tambaleándome hacia el compartimento de popa mientras el suelo se inclina bajo mis pies en un ángulo de cuarenta grados. Abro la compuerta de emergencia y desciendo al módulo de preservación biológica. Allí descansan seis cápsulas de hibernación verticales, alineadas como ataúdes de cristal de una civilización que ya no existe.
Cinco están inutilizadas, sus sistemas colapsados hace décadas por falta de mantenimiento. Solo una conserva el brillo azulado de la funcionalidad. La mía.
Paso la mano por la superficie fría y transparente. El cristal responde iluminándose con los glifos de Mundu. Energía suficiente para un ciclo prolongado. Integridad aceptable. Sistema médico parcial. No es una salvación asegurada; es una apuesta contra el olvido. Si la estructura de la nave resiste el impacto lo suficiente, la cápsula se eyectará o permanecerá sellada hasta detectar condiciones biológicas seguras. Podrían pasar días. O milenios.
Miro una última vez las paredes de la nave que me acompañó durante más tiempo del que mi memoria alcanza a procesar. Cada panel guarda el eco de guerras olvidadas, huidas desesperadas y canciones que ya nadie en el universo canta.
—Lo hiciste bien —le digo al metal herido, dándole un último golpe afectuoso.
Una explosión sacude la sección superior, desprendiendo placas del techo. El tiempo se agotó.
Entro en la cápsula y me acomodo en el interior estrecho. Los mecanismos abrazan mis brazos y torso con correas automáticas de polímero. Un líquido criogénico comienza a circular por los conductos de soporte vital, entumeciendo mi piel. El panel frente a mis ojos despliega la última cuenta regresiva que veré en mucho tiempo.
INVERNACIÓN DE EMERGENCIA ACTIVADA IMPACTO ESTIMADO: 02:11
Respiro lento, tratando de conservar el oxígeno. Pienso en si despertaré como un monstruo ante los ojos de los locales, o si seré un anciano en un mundo que no reconozco… o si simplemente no despertaré jamás. Pienso en la ironía de sobrevivir al vacío absoluto para morir en un planeta tan lleno de vida.
La nave entra de lleno en las capas densas de la atmósfera. El rugido exterior es ensordecedor ahora, como si todo el cielo de la Tierra quisiera arrancarnos pieza por pieza para purificar su espacio. El calor convierte la estructura en una campana ardiente.
A través del cristal de la cápsula, veo el océano. Un inmenso cuerpo negro iluminado por la luna Caeré al mar, cerca de una costa boscosa y oscura.
00:27 Las luces internas fallan. El sistema de emergencia toma el control.
00:09 Cierro los ojos, sintiendo la presión de la atmósfera aplastando mis pulmones.
—Sea lo que seas —susurro al mundo que se abalanza sobre mí—, trata a este náufrago mejor que el último rincón del espacio.
00:03 El impacto llega como la mano de un titán cerrándose sobre nosotros. Un golpe brutal que detiene el tiempo. Metal desgarrado. El agua entrando como un ejército conquistador en la cabina hirviente. Oscuridad total.
Luego… nada.
La cápsula se sella por completo, activando sus protocolos de camuflaje y soporte, mientras los restos de la nave del visitante se hunden lentamente en las profundidades de la bahía de Shadow Creek.


