Intentaba, intentaba e intentaba encontrarlo: el descanso. Pero no venía. Llegaba la oscuridad de la madrugada y con ella un extraño sentimiento de ajenidad, como si de la nada me transformase en un extranjero en Tierras no humanas. Cuando la ausencia de luz llegaba junto con la del alcohol, usualmente resolvía salir un rato afuera, enfrentar aquello que parecía marginarme y dejar que transcurran las horas.
Que transcurrieran…
Volví a mi visitada azotea, y a pesar del frío y mi carencia de abrigo, me recosté en el duro suelo. Me mantuve quieto, sin pestañear, para no perderme un solo movimiento de mis arribas. No disfrutaba de la noche, pero tampoco del día, entonces, no esperaba nada al respecto. Tan solo observaba las cosas pasar. Pero ese día no pasaron.
La Luna, inmensa, blanca y opresiva, no se movió de mi cono visual. Asombrado, me levanté lentamente para no ahuyentarla. «Imposible», pensé. Y de pronto comenzaron a observarme. La Luna me miraba; me había notado, pero no escapó. Las estrellas dejaron de existir para mí, y solo pude contemplar la barbaridad que posaba por sobre mi cabeza.
—¿Qué es… lo que estás haciendo? —interrogué, como si además fuese digno de que me hablase. Evidentemente, la Luna largó una carcajada.
Reía, reía y reía: marchitó por completo mi orgullo. Me ruboricé de lo lamentable que debía verme para ella. Su hilaridad rebotaba en las ventanas, llegando a mi nuca. Y no paró. Me sentí como un niño mientras, con la rapidez que mi flaco cuerpo me permitía, bajaba la escalera, aterrado y agitado.
«¿Por qué debía ser yo testigo de semejante cosa?» traté de encontrar culpables en mis pensamientos, mientras buscaba las llaves para abrir la puerta de mi casa. Acabé por entrar de un topetazo, y tropecé al suelo. Tendido, pude ver la razón por la que el día, a pesar de tantas horas, no había vuelto: aunque viendo doble, divisé mi reloj blanco colgado en la pared, que retrocedía sus agujas hasta las horas de la longeva madrugada. Levanté la cabeza del piso y descolgué el reloj con mis propias manos.
—Estás mintiendo —farfullé, interrumpiendo su carcajada.
El día no había vuelto, pues así no lo quiso ella.
—Mienten. Ustedes me mienten.
Algo me parecía incorrecto. Logré convencerme a mi mismo de que esta broma, de alguna manera, podría corregirla. Apretando mis dientes, abrí la puerta que daba a la calle. Caminé hasta el centro de la misma y me di la vuelta: allí estaba. Que temerario y necio había sido lo mío. Esta vez, a diferencia de la Luna, yo no me moví.
Aún permanecía en la vereda cuando la luz del amanecer se asomó por los techos: «Realmente pude resolver esto», pensé ilusamente: el tiempo ya había sido atrasado. Era un hecho, y sin embargo, convirtió a todo en una oprobiosa mentira.
Personas comenzaron a abrir las puertas de sus casas. Una mujer abrió las puertas de su coche —sin antes mirarme a mí con ojos indescifrables— y lo prendió. Probablemente volvía a su trabajo pero… ¿Qué trabajo podía tener si la luz que cubría dicha mañana no era la correspondiente? ¿Cómo osaba siquiera dejar que la luz llegara a su rostro, si aquella luz debía haber nacido quizás ayer, quizás mañana? Resultaba una obviedad: yo era el único que lo sabía.
Volví a mi hogar, y cubrí las ventanas no solo con las cortinas, sino también con muebles y montones de ropa. Me senté en el centro de la despejada sala, buscando calor, pegando mis rodillas al pecho. El reloj aún murmuraba banalidades.
La Luna seguía viéndome. Sus pupilas atravesaban el negro que llenaba mi casa, y aunque fuese de soslayo, o por sobre su hombro, se fijaba en mí. Ella quería decirme algo. No… lo siento. ¿Cómo podría la Luna haberme querido decir algo con tanta urgencia? No, lo siento, es ridículo.
Y algo voló por detrás mío. El cristal del aparato se esparció por todo el piso, pero el tic-tac seguía intacto.
Tal vez, sí quiso decirme algo.
Recuerdo correr hacia una esquina de la sala, intentado cubrir por completo las posibles salidas de mi invitada. Pero había una puerta que destacaba: la del baño que, entreabierta, sugería una inminente visita.
Esperé. Sabía que allí estaba. Pensé en pedirle que salga, pero tal vez no era lo apropiado.
Quizás quería que haga algo diferente. Volví a prestarle atención al aparato en el suelo, y me imaginé que debía hacer algo con él.
Agazapado y gateando, me acerqué al destrozado objeto. Removí con mis rodillas y palmas los restos de vidrio; el dolor no le ganaba a mis muy bien escondidas ganas de conocerla. Cuando forcé mi vista, las supuestas seis de la mañana estaban señaladas. Era un chiste malo, muy malo. Un chiste que los demás no reconocían como chiste. Yo, por mi parte, no le veía la gracia.
—Si no estás en el cielo, ¿dónde estás?
Las horas, los minutos; maleables a gusto de alguien o algo. Si mis vivencias aquí podrían haberse vivido hace cinco días, entonces, ¿A dónde —o peor aún, a cuando— pertenezco? Una pequeñísima fuente de luz rebotó en los cristales puntiagudos, aquellos que aún pendían en el marco del reloj, y me reflejó a mí; a mí, y a mi rostro apenas visible y oscuro, tan oscuro que las sombras parecían cavar cuencas en donde mis ojos. Mi cara me habló.
—La ventana —dijo indiferente el reflejo hueco, indicándome. Y en un instante parecí cargar con años de insomnio
Pero no quería hacerlo. No quería, pero debía. Aún agachado, me acerqué a una de las improvisadas barricadas. Tomé unas prendas y las arrojé al suelo: era de noche. Fugaz, había vuelto sin impedimentos, libre.
Frené ante la puerta que daba a mi terraza. Miré aquel dorado picaporte por al menos setecientos tic-tacs provenientes de la sala. Eventualmente, acerqué mi mano manchada de rojo, y lo giré.
Estaba donde antes. Desconozco si era idea mía, pero el resto de astros habían terminado por desaparecer, excepto por ella. Esta vez, no me prestó tanta atención. Pensativa, de vez en cuando, giraba sobre su eje. «¿Qué tienes en mente?» quería preguntar. Pero, honestamente, temía ser respondido. Volví a recostarme como lo había hecho la presunta noche anterior, pero esta vez con ojos solo para ella, dejando que el sonido de la brisa suave llene los espacios vacíos. Algo resultaba hipnótico en ella, y con cada periódico giro que daba, cada calculado movimiento suyo, generaba una especie de torcedura en mi cerebro. Después de tanto «tiempo» estuve a punto de encontrarlo: el descanso.
Mis párpados habían empezado a descender, pero también lo hizo la Luna.
Se acercó hasta mi rostro y calló al viento.
Con el cuerpo prácticamente prensado al piso, no pude ni siquiera sugerir el moverme. Mi sentido común me decía que no debía gritar o… algo pasaría. El tic-tac del interior de mi casa volvió a mis oídos. Nos miramos.
Pestañeé y la luz amarilla del Sol comenzó a asomarse por los tejados, casi tocando uno de mis brazos. Intenté ponerme de pie, pero mi cabeza no parecía responder a mí, sino a la migraña que la poseyó. Como lo había hecho la Luna, comencé a girar. La luz casi me tocaba. Aunque me costó imponer mi movimiento, había logrado cruzar mis piernas, y finalmente arrojarme lejos de la mentira. Pasé de la terraza al suelo.
Recuerdo como, mientras la asustada mujer del coche de antes ponía su teléfono en su oído, yo, en la calle, me arrastraba con un brazo, huyendo de la luz que poco a poco pretendía alcanzar mis talones. No me importó lijar mi mejilla con el pavimento; la luz lo hubiese hecho de una peor forma.
Naturalmente, no pude descansar aún conmocionado. El suero de la ambulancia, el ajetreo de la misma, la barra blanca de luz que chocaba con todo mi cuerpo… mis ojos más pesados que nunca. Quería llorar, pero no iba a humillarme de nuevo frente a ella; estaba viendo.
Personas me manipularon, y me dejaron yacer en una cama de comodidad asquerosa. Me tomaban como a un paciente, un necesitado de algo, un inútil… ¿Quiénes eran ellos para juzgar? Ya en una habitación estrecha, pude estar casi solo. Revoleé las sábanas de la camilla y me acerqué a un interruptor. Con un dedo, lo bajé, y finalmente la verdad, la oscuridad, volvió a tocarme.
Oscuridad. «¿A eso se resumirá el resto de mi vida?» pensé, y admito, un poco angustiado. La luz no me atraía particularmente pero, dada las situaciones, había notado un poco la importancia de lo que ella significaba para la vida cotidiana. Pero la luz ya no podía ser un consuelo nunca más: se había convertido en una mentira penosa.
Pero recordé algo: el consuelo para mí jamás había existido.
Las cortinas se corrieron. Con unas ansias palpables, giré mi cabeza: la noche volvió, mucho antes de lo que debía. Luego giré mi cabeza de nuevo: el reloj de la pared adelantaba sus agujas. ¡Estaba sucediendo de nuevo! ¡El tiempo no me mentía, el tiempo… les mentía!
Casi me derrumbo allí en esa sala. Había sido tan obvio, tan sencillo de entender. Pensé en gritar pero, ¿por qué alborotar tan bella velada? Aunque, como invitado estrella, sí debía dar a conocer mis agradecimientos.
Escapé de la habitación.
Los doctores y enfermeros, desperdigados por los pasillos blancos y brillantes, me examinaban con pena y preocupación; idiotas inconscientes de sus pobres limitaciones. Caminé tan tranquilo mientras se arrimaban a las paredes permitiéndome pasar. Aunque antes no lo sabía, ellos siempre habían sido lo que eran: fantasmas invisibles. Sus miradas existían, su juicio también, pero su accionar una completa invención.
Subí mi pierna y la volví a apoyar, y luego con la otra, y así continué a lo alto de toda la escalera gris que se extendía como un espiral. Como era de esperarse, las luces artificiales no tardaron en parpadear para finalmente apagarse. Eso entorpeció a los muchos pasos que se habían comenzado a oír desde abajo. Anhelaban frenarme. De todas formas, continué a mi ritmo porque sabía que lo lograría.
La puerta final fue abierta, dándome permiso para atravesarla y mirarla a ella.
Frente a mí… ¡en lo alto, pero frente a mí!, posaba magníficamente.
Las personas mundanas me tomaron por la espalda y me forzaron a arrodillarme: pero ya lo iba a hacer de todas maneras. No podrían reducirme.
Por segunda vez su broma había vuelto, sin embargo, en esta ocasión sí dejé ver la gracia que me causaba. Alcé aún más mi cabeza pese a tener una mano presionándome en contra, y la vi: ella giraba de nuevo sobre sí misma, y yo reía cuando lo hacía. En aquella terraza de aquel edifico tan alto, arrodillado, contenido pero riendo, comprendí de una vez y para siempre el rol que me había dado: yo, el Cómplice de la Luna.


