Capítulo XIX. Un encuentro definitivo: La Ciudad de los Dioses (parte 2)
Enojado, alzó la mirada hacia el muchacho, tomó un pequeño silbato que llevaba consigo y lo sopló sutilmente. Después de unos segundos, se posó a su lado un enorme Soots, un gigantesco murciélago de guerra, que casi igualaba el tamaño de Lazhur. Rápidamente lo montó y salió a su encuentro.
—¡Amigo, prepárate para la batalla! —susurró el muchacho al ver que se acercaba a toda velocidad.
Mientras tanto, en las orillas de la gran ciudad, la guerra continuaba. Poco a poco, el ejército enemigo comenzaba a retroceder. La batalla era espectacular, tanto en tierra como en el aire. Los nahuales daban una lucha atroz, pero los guerreros de Cot, con sus flechas mágicas, acababan con más enemigos. Los soldados de la ciudad del trueno, expertos en navajas, también daban muerte con facilidad a los chaneques, aunque estos habían causado muchas bajas.
En el sur, la guerra también estaba en su punto más alto. Los gemelos rojos peleaban con toda su fuerza contra los soldados de Tonalli y Kalí. Okin había eliminado a los jefes de guerra de Lakamha en una pelea que casi lo deja sin vida. Por otro lado, Imox enfrentaba a su sobrino Dzul. Ambos eran hábiles con la espada, sin embargo, el joven guerrero estaba sediento de venganza, y su ímpetu le daba fuerza. En un descuido, su tío logró encajarle la filosa espada en una costilla, dejándolo malherido.
—Es una lástima que tu pueblo te diera la espalda —dijo Imox con una leve sonrisa.
—Aunque sea lo último que haga… ¡Vengaré a mi familia! —gritó Dzul, lanzándose intempestivamente hacia su tío, que ya lo esperaba para la estocada final.
Sin duda alguna, Dzul habría muerto de no ser por los años de entrenamiento con el Tlatoani Tonalli, y por un movimiento que había practicado una y otra vez. Cuando estuvo cerca, y a pesar de la herida, se deslizó sobre la tierra. El ataque de su tío erró el blanco, dejándolo expuesto. Dzul pasó entre sus piernas y, al mismo tiempo, con su espada le desprendió la pierna derecha. Todo fue visto por el jefe de guerra de Mutul, que estaba cerca.
Imox gritó de dolor mientras la sangre se esparcía por todo el campo.
—Llegó la hora de pagar por lo que le hiciste a mis padres —dijo Dzul acercándose para darle el golpe final.
Estaba a punto de hacerlo, cuando un latigazo le arrebató la espada. Era Okin, que llegó justo a tiempo para impedirlo.
—Debiste ser el primero en morir aquel día en el templo —dijo amenazante, y nuevamente azotó a su sobrino, mandándolo al suelo. —La dinastía Kante termina contigo, querido sobrino.
En ese instante, una flecha se clavó en su brazo, haciendo que soltara el látigo al instante.
—¿Cómo te atreves? —dijo Okin, dirigiéndose al jefe de guerra de sus propias fuerzas, que había sido quien lo atacó.
—Mi lealtad está con el heredero legítimo al trono: el príncipe Dzul —respondió el sujeto de nombre Bej.
Aquello sorprendió a Dzul por un momento, lo cual le hizo bajar la guardia. Lo aprovechó Imox, que se abalanzó sobre su sobrino. Aunque sin una pierna, seguía siendo una bestia. Rodeó su cuello con los brazos fuertes.
De inmediato, Bej intentó ayudarlo, pero fue impedido por Okin, que de un veloz salto cayó frente a él y comenzó a pelear únicamente con los puños.
—¡Eres un traidor! —gritó furioso Okin.
—¡El traidor fuiste tú, al matar a tu propio hermano! Pero ahora que sé que está vivo el legítimo Tlatoani, no te mereces mi obediencia —aseguró Bej mientras se defendía de los ataques del gemelo rojo.
Dzul estaba por desmayarse, pero lentamente bajó su mano derecha hacia la cintura, donde guardaba una pequeña daga que su padre le había obsequiado hacía mucho tiempo. La tomó con dificultad y, entonces, la encajó en el ojo de su tío, haciéndolo soltarlo casi al instante. Los soldados que peleaban alrededor se percataron de lo ocurrido y comenzaron a rodearlos. Nadie se atrevía a interferir en aquella pelea.
Dzul apretó el puño izquierdo con toda su fuerza —el brazo con el que mejor golpeaba—, y asestó un golpe tan potente que el mango de la daga terminó atravesando el cráneo de su tío, matándolo en el acto.
—¡Aún me tienes que matar a mí para ser Tlatoani! —advirtió Okin, quien sujetaba del cuello a Bej.
Bej aprovechó el momento y propinó un fuerte golpe en su estómago, pudiendo zafarse de aquel agarre. Ante la sorpresa del enemigo, tocó el caracol de guerra que llevaba atado a la cintura, señal para detener el ataque.
—Pero ¿qué haces, imbécil? —gritó furioso Okin al escuchar el sonido.
El ejército rojo que aún seguía en batalla detuvo el ataque, y lo mismo hicieron los demás guerreros.
—¡Estás solo! —declaró Dzul mientras le arrojaba el látigo— No creas que te mataré cobardemente como tú hiciste con toda mi familia —afirmó.
El malvado gemelo rojo tomó el látigo con una sonrisa desencajada. Al atacar, Dzul lanzó su espada con todas sus fuerzas. Esta cortó el látigo sin que pudiera detenerla y terminó encajándose en el corazón de Okin. El enemigo se ahogaba en su propia sangre, tratando de hablar, pero fue en vano. Su voz se perdió entre los borbotones, tal como les había sucedido a todos los que sacrificó por diversión junto a su hermano.
Bej, el último jefe de guerra con vida, se arrodilló ante Dzul. Al verlo, los demás lo imitaron. Reconocían en él al verdadero líder.
—Ahora… solo depende de ti —susurró Dzul exhausto, mirando hacia el norte, donde se alzaba la ciudad de Teotihuacán.
En la ciudad de los Dioses, los antiguos amigos se enfrascaron en una feroz guerra aérea. David lanzaba destellos de fuego y lumbre desde sus manos, los cuales eran repelidos por los rayos de Elías. El cielo sobre la ciudad se cubría de relámpagos y llamas. El joven rey no quería lastimar a su amigo; solo se limitaba a esquivar los ataques.
—¡¡No tienes las agallas para matarme, Elías!!… ¡¡Yo, en cambio, no dudaré en quitarte la vida!! —gritaba David, enfurecido, mientras lanzaba sus ataques, tratando de alcanzar a Lazhur, que volaba a toda velocidad.
Elías se cansó de la batalla aérea y, de un salto, cayó sobre la cima de la pirámide de la luna. Al verlo, David descendió también.
—Elías… ¿ves esa gran calzada de piedras que está justo detrás de ti? —señaló con una sonrisa torcida— Se llama la Calzada de los Muertos. Ahí han perecido grandes reyes, guerreros y hasta dioses de antaño. Es justo ahí donde morirá el último rey dios de Aztlán… ¡Aquí morirás!
David alzó una pared de fuego que el joven apenas pudo repeler con su poder. Sin embargo, el enemigo logró contraatacar y lo lanzó escaleras abajo, hasta casi la mitad de la pirámide.
—¿Por qué? ¿Qué te pasó todos estos años? —preguntó Elías, poniéndose en pie, herido por el ataque. La corona de su madre había rodado escalinatas abajo.
—Tu madre, doña Eul…
—¡Cállate! —interrumpió de inmediato— No sabes lo que me costó olvidar ese pasado miserable. ¡Aquí he ganado respeto y grandeza! Lo que siempre debí tener.
Elías sonrió levemente.
—¿Acaso crees que esta farsa te ha alejado de tu pasado? Solo has conseguido ser igual a quien mató a tu padre —sentenció el muchacho.
Esto último enfureció aún más a David, pues amó profundamente a su padre.
—No sabes lo que pasaría si este brazalete cayera en tus manos. Tú no tienes la fuerza para gobernar y defender el imperio. ¡Todos deberían agradecerme por mantener el peligro fuera de este mundo! —espetó, mientras sus ojos se llenaban de agua y comenzaba a bajar por las escalinatas hasta donde se encontraba el joven.
—No sé de qué hablas. El único peligro para este mundo eres tú. Tu gobierno está lleno de historias de horror, de muerte y desesperanza —exclamó Elías, preparándose de nuevo ante un posible ataque —Acabaste con familias y ciudades enteras. Asesinaste a madres y niños. Mira cuánta gente estás sacrificando justo ahora. No creo que ellos logren perdonarte después de lo que hiciste a sus familias y a los reinos que desapareciste.
—Nadie entendió el significado de lo que hice. Tú eres débil, siempre lo fuiste. Sabía que si volvías no podrías acabar con el verdadero enemigo. Además, si algún día llega a despertar en ti la serpiente emplumada… también despertarás el mal que la acompaña.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Elías, desconcertado.
—Qué irónico, ¿no? Todos piensan que tú serás el salvador… y, al contrario: serás el inicio de la destrucción —respondió con frialdad. Y de repente, lanzó otra ráfaga de fuego.
Elías, velozmente, la esquivó y lanzó un rayo que impactó directo en el pecho de su oponente.
El impacto lo lanzó contra las escalinatas de la pirámide, agrietándolas por la violencia del golpe.
—¡David, entra en razón!… Tal vez si te arrepientes, podrías regresar con tu madre…
—¡Jamás regresaría a esa vida otra vez! —interrumpió bruscamente mientras se incorporaba con dificultad.
—¿En qué momento cambiaste? —preguntó con nostalgia, al ver que ya nada podía hacer por él.
David lo miró fijamente durante unos segundos… sus ojos parecían cristalinos, llenos de agua, pero solo comenzó a reír otra vez, como ocultando sus sentimientos.
—¡Tú no podrás defender este mundo! ¡Nunca te confíes a tus espaldas! —advirtió en ese momento.
Elías apenas tuvo tiempo de girarse, cuando el murciélago gigante descendió con un chillido estridente. El sonido lo lanzó por los aires, haciéndolo caer abruptamente hacia un costado de la pirámide.
—¡Te mataría ahora mismo, pero tengo algo más importante que hacer! —espetó con desprecio. De inmediato, montó al murciélago y salió en dirección a la pirámide del Sol.
Herido, el joven rey trató de incorporarse. Alzó la vista y vio cómo su antiguo amigo se alejaba en dirección a la gran pirámide que se erguía a lo lejos.
—¡No puede ser! —exclamó al notar que el sol estaba casi en su punto más alto.
Rápidamente llamó a Lazhur, que volaba cerca, y lo montó para salir volando hacia la misma dirección del enemigo.


